26 de diciembre de 2025, 11:30 pm
En uno de los momentos más introspectivos de su diálogo con Abelardo De La Espriella, Jhonny Romero Osorio conduce la conversación hacia un terreno poco explorado en la política contemporánea: la vida espiritual cotidiana y el sentido profundo de la oración. Lejos del discurso acartonado o del uso instrumental de la fe, Abelardo expone con franqueza cómo sus oraciones diarias se han convertido en un eje de equilibrio personal, criterio ético y disciplina interior, especialmente en una etapa de alta exposición pública y responsabilidad histórica.
Humildad antes que poder
Si hay una palabra que sintetiza lo que Abelardo pide cada mañana es “humildad”. No como fórmula retórica ni como pose, sino como una necesidad real frente a los riesgos de la vanidad, el ego y la autosuficiencia. A sus 47 años —dice— siente haber superado muchas tentaciones propias de etapas anteriores de la vida, pero aun así insiste en pedir humildad como antídoto contra la soberbia que suele acompañar el poder, la visibilidad y la influencia.
Para él, la humildad no consiste en minimizarse, sino en reconocer que no se posee la verdad revelada, que siempre hay alguien más capaz de aportar una mirada distinta, un argumento mejor, una corrección necesaria. Es, en sus palabras, la capacidad de escuchar de verdad, de rodearse bien y de aceptar que liderar no es imponer, sino articular talentos.
Escuchar, debatir y corregir el rumbo
En este punto, Abelardo introduce una idea clave: la oración no lo aísla del mundo, sino que lo abre al diálogo. Su vida espiritual no lo vuelve dogmático, sino deliberativo. Preguntar, debatir, contrastar ideas y, si es necesario, cambiar de postura, es para él una manifestación concreta de humildad.
Esta disposición —poco común en escenarios políticos polarizados— se convierte en una práctica diaria: escuchar a su equipo, a sus colaboradores cercanos, a personas con trayectorias distintas y experiencias valiosas. Para Abelardo, la fe no anula la razón; la ordena. Y la oración no reemplaza el pensamiento crítico; lo afina.
Criado en el Caribe colombiano, explica que nunca entendió las barreras rígidas entre clases, ni la distancia artificial entre “quien manda” y “quien trabaja”. Esa visión —forjada desde la infancia— hoy se refuerza con una espiritualidad que rechaza el elitismo moral y el simulacro.
En su vida cotidiana, la oración lo devuelve a una noción sencilla, pero poderosa: todos valen por lo que son, no por el cargo que ocupan. De ahí su insistencia en que el liderazgo auténtico se construye en equipo, con cercanía humana y sin delirios de grandeza.
Abelardo habla sin ambages de cómo, con el paso del tiempo y la vida espiritual, ha dejado de perseguir símbolos vacíos de éxito. Casas, relojes, carros o reconocimientos pierden sentido cuando se tiene claro qué es lo verdaderamente importante.
Familia, amigos, Patria y Dios: ese es el orden que plantea. No como consigna, sino como conclusión vital. La oración diaria, lejos de ser un acto abstracto, lo ancla a esa jerarquía de valores y le recuerda que el poder es transitorio, pero el carácter permanece.
Para Abelardo, la oración cumple esa función. No es evasión ni refugio, sino disciplina. Un espacio cotidiano para pedir claridad, templanza y coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
No promete perfección, pero sí una brújula. Y en un país marcado por la desconfianza, la corrupción y la fractura moral, esa brújula —según plantea— puede ser tan necesaria como cualquier plan de gobierno.
Al final, el líder de Defensores de la Patria no presenta la fe como garantía de acierto, sino como una responsabilidad mayor: la de actuar con humildad, escuchar más de lo que se habla y recordar, cada día, que el poder sin conciencia no construye nada duradero.
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