El antes y el después: cuando la fe deja de ser una idea y se convierte en compañía

26 de diciembre de 2025, 11:20 pm

No hablamos de propuestas, ni de coyunturas, ni de diagnósticos del país. Se trata de una transformación personal. De un quiebre silencioso pero profundo: el paso de Abelardo De La Espriella del escepticismo a la fe, de caminar solo a saberse acompañado.

No es un relato de conversión espectacular ni una historia construida para emocionar. Es, más bien, una reflexión serena sobre lo que cambia —y lo que se ordena— cuando la relación con Dios deja de ser abstracta y se vuelve cotidiana.

Cuando uno cree que está solo… y no lo está

Abelardo parte de una confesión sencilla pero potente: antes sentía que estaba solo en la batalla. No porque su vida fuera infeliz o vacía, sino porque cargaba con todo desde una lógica estrictamente personal. Hoy reconoce algo distinto: nunca estuvo solo, pero no era su tiempo. En su lectura, los procesos no obedecen al calendario humano, sino a un orden superior que se revela cuando tiene que revelarse.

Ese cambio de perspectiva altera todo. La ansiedad por controlar cada resultado se reemplaza por una noción de confianza. No pasividad, sino certeza de que hay una instancia mayor que articula lo que uno no alcanza a ver. Como él mismo lo dice con ironía, uno puede hacer planes, pero el “gerente general” de todo esto tiene otros.

Uno de los puntos más interesantes de su reflexión con Jhonny es que no habla de un “antes oscuro” y un “después luminoso”. Abelardo insiste en que siempre fue un hombre feliz. La diferencia, explica, no está en la existencia de la felicidad, sino en su profundidad.

Con la fe, la felicidad deja de ser finita. Ya no depende exclusivamente de los logros, del reconocimiento o de la fuerza personal. Se vuelve más estable, menos frágil. Aparece una tranquilidad nueva, la de poder soltar, la de cumplir sin cargar, la de avanzar sin la obsesión de controlarlo todo.

La dependencia que ordena, no que anula

Lejos de rechazar la idea de dependencia, Abelardo la reivindica, pero con un matiz clave: una dependencia sana. No como anulación de la voluntad, sino como brújula. La fe, en su experiencia, no le quita carácter ni determinación; por el contrario, las encauza.

La fe, explica, no opera en compartimentos aislados. No mejora sólo al creyente “espiritual”, sino al esposo, al padre, al hijo, al ser humano. Hay una noción de pulido constante, de ajuste permanente. No desde la culpa, sino desde la conciencia de que siempre hay algo por mejorar.

En ese sentido, Dios aparece como un ecualizador: pone cada cosa en su lugar, baja los excesos, corrige los desbalances, ordena prioridades. No se trata de perfección, sino de dirección. De caminar sabiendo hacia dónde se va, incluso cuando el camino no es claro.

Dones prestados, no trofeos personales

Uno de los momentos más significativos de esta parte de la entrevista es cuando Abelardo habla de sus talentos. No los niega, no los minimiza, pero los redefine. No son propiedad privada, son préstamos. Y como todo préstamo, tienen un propósito: ponerse al servicio.

Aquí la fe se conecta directamente con su visión de país. No como imposición religiosa, sino como sentido de misión. Lo que sabe hacer, lo que es, lo que ha construido, cobra valor real cuando se orienta al bien común. La ambición personal se transforma en responsabilidad colectiva.

El balance final no es dramático ni grandilocuente. Es sencillo: con Dios, la vida se disfruta más. No porque todo salga bien, sino porque hay más sosiego. Menos ruido interior. Más claridad para distinguir lo esencial de lo accesorio.

Abelardo no presenta la fe como una respuesta automática ni como un refugio emocional. La presenta como una compañía constante, exigente, transformadora. Una presencia que no elimina el carácter, sino que lo afila; que no borra la voluntad, sino que la orienta.

En un país saturado de gritos, promesas y relatos impostados, esta reflexión tiene algo poco común: pausa. Y en esa pausa, una idea poderosa queda flotando: cuando la fe deja de ser discurso y se convierte en relación no te cambia la vida, te la ordena.

También te puede interesar: De La Espriella: el éxito no es suerte, es ensayo y error hasta acertar

Súmate como Defensor de la Patria en: unete.defensoresdelapatria.com

Compartir en

WhatsApp

Déjanos tu correo para avisarte cuando abramos inscripciones