26 de diciembre de 2025, 10:20 pm
Abelardo De La Espriella deja de lado la retórica política y entra en un terreno mucho más profundo: la familia. No como consigna, no como eslogan, sino como proyecto de vida, como deber moral y como el primer gran acto de responsabilidad social que asume un ser humano.
Aquí no hay discursos edulcorados ni frases de cajón. Hay una idea central, clara y contundente: construir familia es fascinante, pero hacerlo mal es imperdonable. Y esa afirmación, incómoda para muchos, atraviesa toda su reflexión.
La familia no es un experimento
Para Abelardo, la familia no es un espacio para “ir aprendiendo sobre la marcha”. Es la base de la sociedad y, precisamente por eso, exige excelencia. Su mensaje es directo, casi brutal en su honestidad, si alguien no está dispuesto a asumir la paternidad o la maternidad con rigor, entrega y ejemplo, mejor no hacerlo. No por puritanismo, sino porque lo que está en juego no es solo un hogar, sino la formación de los futuros ciudadanos.
Desde esa convicción habla de su propia experiencia, donde la crianza es entendida como una tarea artesanal, cotidiana, exigente. Nada de delegar todo al colegio o al entorno. Leer con los hijos, escuchar música, hablar de historia, de arte, de belleza, de bien y de mal. Educar no solo en conocimientos, sino en sensibilidad, carácter y criterio.
Educar es formar criterio, no ingenuos
Uno de los puntos más interesantes de su reflexión es la crítica a una crianza excesivamente blanda. Abelardo insiste en que no se trata de criar “tonticos buenos”, sino personas capaces de entender la vida en todas sus dimensiones, incluso sus zonas oscuras. Enseñar a reconocer la maldad, a identificarla y a no romantizarla también hace parte de educar bien.
Aquí aparece una idea clave: la educación no puede ser neutral. Formar carácter implica tomar posición, transmitir valores, marcar límites claros. Mentir, por ejemplo, no es un detalle menor: es la puerta de entrada a todo lo malo. Por eso, incluso las llamadas “mentiras piadosas” son rechazadas como atajos peligrosos.
El ejemplo como eje de la autoridad moral
Si hay una frase que resume toda esta visión es una que atraviesa generaciones: la palabra empuja, pero el ejemplo arrastra. Abelardo no la cita como teoría, sino como práctica. Cuando corrige a sus hijos no apela al miedo ni al grito, sino a la coherencia: “¿Alguna vez me han visto faltarle al respeto a su mamá?”. La autoridad nace del comportamiento, no del discurso.
El respeto hacia las mujeres ocupa un lugar central en esa pedagogía doméstica. No como consigna ideológica, sino como norma de vida. No gritar, no insultar, no responder con violencia. Y si hay conflicto, retirarse. No por debilidad, sino por convicción. El mensaje es claro: el respeto no se negocia, se encarna.
Heredar no es lo mismo que suceder
Quizás uno de los conceptos más potentes de este tramo de la entrevista con Jhonny Romero es la distinción entre herederos y sucesores. Heredar, dice, puede hacerlo cualquiera. Suceder implica recibir, transformar y elevar lo recibido. Y para formar sucesores se necesitan ciudadanos con valores sólidos, criterio propio y sentido de trascendencia.
Al final, el mensaje es tan simple como incómodo: criar bien no es fácil, pero es indispensable. No hay atajos. No hay fórmulas mágicas. Hay tiempo, presencia, coherencia y ejemplo. Construir familia, cuando se hace con conciencia, es una de las tareas más fascinantes que existen. Y también una de las más determinantes para el futuro de una nación.
Porque, como queda claro en esta conversación, Abelardo no está hablando solo de sus hijos. Está hablando del país que se construye —o se destruye— desde la casa.
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