11 de enero de 2026, 05:55 pm
Hay momentos en la vida profesional que no solo cambian el rumbo de una carrera, sino la manera de entender el mundo. Para el precandidato presidencial Abelardo De La Espriella, uno de esos quiebres ocurrió cuando el ideal con el que llegó al derecho se estrelló contra una realidad mucho más cruda: la de una justicia que, en ocasiones, deja de comportarse como tal.
De La Espriella habla sin filtros sobre esa decepción profunda que lo llevó a replantearse su relación con el ejercicio jurídico. No desde el resentimiento, sino desde la desilusión de quien creyó —de verdad— que el derecho podía cambiar las cosas.
Como muchos estudiantes, De La Espriella confesó que llegó a la carrera cargado de idealismo. “Uno entra a estudiar derecho con muchas cosas románticas en la cabeza”, dijo. La idea de hacer justicia, de cambiar el mundo, de lograr que la ley se cumpla como una herramienta de equidad, fue parte esencial de su motivación inicial.
Sin embargo, ese entusiasmo empezó a resquebrajarse cuando el contacto con la práctica reveló que el sistema no siempre responde a esos principios. “Cuando uno cae en las prácticas y tiene más contacto con la carrera, no es tan así”, reconoció. La distancia entre la teoría y la realidad no fue una sorpresa menor: fue el inicio de una ruptura.
El punto de quiebre: cuando la justicia decepciona
Si hubo un episodio que simbolizó esa ruptura, fue —según sus propias palabras— el proceso judicial contra Álvaro Uribe Vélez. Abelardo no dudó en calificarlo como un montaje judicial y en describirlo como el golpe más duro a su fe en el derecho.
“Eso fue como amar profundamente al derecho y llegar un día y encontrarlo con otro. Una decepción brava”, dijo, utilizando una metáfora que retrata la magnitud del desencanto. Para él, si el sistema podía actuar de esa manera contra “el hombre más importante que ha parido Colombia”, la pregunta era inevitable: ¿qué podía esperar cualquier ciudadano común?
Desde ese momento, explicó, comenzó una decepción progresiva con la justicia como institución. No con la idea abstracta de justicia, sino con su aplicación concreta.
La injusticia dentro de la justicia
El líder de Defensores de la Patria fue más allá al describir situaciones que, aunque pequeñas en apariencia, revelan vicios profundos del sistema. Relató cómo en audiencias judiciales percibía predisposición de algunos funcionarios no por los argumentos, sino por la apariencia. “Tenía que pensar qué ropa ponerme o qué reloj usar”, contó al cuestionar una justicia que se fija en lo superficial.
“¿Qué clase de justicia es esta que se fija en esas vainas?”, preguntó con evidente molestia. Para alguien formado con un “alto sentido de la justicia”, como él mismo se definió, esos detalles no eran anecdóticos: eran síntomas de una institucionalidad desviada.
La decepción con el derecho no apagó su sentido de justicia; lo radicalizó. Hoy, esa experiencia explica buena parte de su discurso político: una desconfianza abierta hacia instituciones capturadas y una convicción firme de que el sistema necesita ser corregido desde la raíz.
Para Abelardo, la justicia no puede ser un privilegio ni una pose. Y cuando deja de cumplir su función esencial, la obligación moral no es callar, sino cambiar las reglas del juego.
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