Las palabras no mienten: cuando el discurso de los adversarios cambia tan rápido es porque el temor ya tocó la puerta. Durante la entrevista con Luis Carlos Vélez, Abelardo de la Espriella desmontó uno a uno los relatos que sectores del petrismo y del establecimiento vienen rotando para intentar frenarlo.
Durante meses dijeron que Abelardo De La Espriella “no iba para ningún lado”. Luego que “no llenaba un teatro”. Después que “no ganaba una segunda vuelta”. Hoy, el relato volvió a mutar: sectores del petrismo y del establecimiento difunden la idea de que el precandidato presidencial sería el “escogido” del Gobierno para enfrentar en balotaje. La historia es la misma, pero contada al revés.
El líder natural de Defensores de la Patria respondió con ironía y claridad. “Hace tres meses decían que era un payaso. Ahora dicen que paso a segunda vuelta, pero que no le gano a nadie. Que sigan cambiando de discurso. Yo sigo trabajando con la gente”, afirmó.
El punto más revelador fue su comentario sobre el Movistar Arena. Muchos aseguraron que no lo llenaría y que sería un “ridículo nacional”. El resultado fue el contrario: miles de personas quedaron por fuera. Ese ejemplo, usado por De La Espriella durante la entrevista, mostró cómo la subestimación hacia él no es nueva, ni les ha funcionado en el pasado.
El giro retórico evidencia otra cosa: están asustados. El precandidato presidencial lo resume sin rodeos: “Saben que aquí viene un cambio de orden, para bien y dentro de la Constitución”. Un mensaje que contrasta con las campañas “infundadas”, como él mismo las calificó, elaboradas sin encuestas públicas y con el objetivo de instalar dudas donde no las hay.
Una ofensiva que ya había sido advertida
La reciente columna ‘Es ajedrez, no póker’, publicada por El Nuevo Siglo, anticipaba esta ofensiva. Allí se describe cómo miembros del establishment, voceros del petrismo y sectores afines intentan frenar el ascenso de un outsider que no controla su tablero. Señala que sectores del petrismo, miembros del establecimiento y ciertos medios alineados han intentado demonizarlo ante la falta de argumentos para contradecir sus ideas.
Frente a esos ataques, De La Espriella se mueve con una mezcla de firmeza y humor: recuerda cómo lo subestimaron cuando llegó a Bogotá a competir en un mundo jurídico dominado por “vacas sagradas” y cómo terminó superando esa barrera con resultados. “Me gusta que la gente se equivoque conmigo. Que se sigan equivocando”, dijo entre risas.
Mientras adversarios modifican su relato cada dos semanas, el precandidato presidencial mantiene el mismo norte: orden, libertad, progreso y un modelo real de país. No hay improvisación. Hay convicción. Y, sobre todo, hay un movimiento que dejó claro que no lo sostienen encuestas filtradas, sino calles llenas. Incluso con miles de personas que no alcanzaron a entrar al Movistar.
El temor que ya no pueden ocultar
La entrevista con Vélez dejó claro que el cambio de discurso no nace de convicción, sino de ansiedad. La política tradicional sabe que un liderazgo como el suyo —directo, cercano, difícil de manipular y sin compromisos con estructuras viejas— no es fácil de contener. Por eso, quienes antes lo ignoraban ahora sienten que deben justificar su crecimiento.
El viraje discursivo, en lugar de debilitarlo, confirma la fuerza de su proyecto: si no representara una amenaza real al statu quo, no estarían tan ocupados construyendo relatos para frenarlo. Mientras tratan de anticipar escenarios apocalípticos, De la Espriella continúa recorriendo el país, conectando con la ciudadanía y fortaleciendo un movimiento que ya no puede ser tratado como una anécdota.
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