“Libertad económica, pero con reglas claras”, es la propuesta de Abelardo De La Espriella

06 de enero de 2026, 11:25 pm

La discusión sobre libertad económica suele caer en una trampa simplista: o se defiende el libre mercado absoluto o se propone un cierre proteccionista que asfixia la competencia. Abelardo De La Espriella se ubica deliberadamente fuera de ese falso dilema y plantea una tercera vía: libertad económica real acompañada de proteccionismo inteligente para las empresas y los productores nacionales.

No se trata de levantar muros ideológicos ni de renunciar a la integración global. Se trata de entender algo básico que muchos países desarrollados sí comprendieron a tiempo: ninguna economía se fortalece destruyendo su propia base productiva.

Abrir la economía sin suicidio industrial

La apertura comercial, cuando se hace sin reglas, termina funcionando como una autopista de doble vía desigual. Productos extranjeros —muchas veces subsidiados en sus países de origen— ingresan al mercado local a precios artificialmente bajos, compiten de forma desleal y desplazan a industrias nacionales que no cuentan con las mismas condiciones.

El resultado es predecible: cierre de empresas, pérdida de empleos, debilitamiento del tejido productivo y una dependencia creciente de bienes importados. Lo que se vende como “libertad de mercado” termina siendo, en la práctica, una transferencia de valor desde la economía local hacia economías extranjeras más robustas.

Abelardo lo plantea sin rodeos: permitir el ingreso masivo de productos de menor calidad que arrasan con la industria nacional no es liberalismo, es irresponsabilidad económica.

Proteccionismo no es atraso, es estrategia

Durante años se ha instalado la idea de que proteger la industria nacional es sinónimo de atraso o populismo económico. La realidad internacional desmiente ese relato. Estados Unidos, Alemania, Corea del Sur y Japón construyeron sus industrias con fuertes esquemas de protección, incentivos y control del comercio exterior antes de convertirse en potencias exportadoras.

El proteccionismo que se plantea no es un cierre ciego, sino un proteccionismo estratégico: aranceles bien diseñados, control de calidad, reglas sanitarias estrictas y defensa activa del productor local frente a prácticas desleales como el dumping y el contrabando.

No es impedir la competencia. Es garantizar que la competencia sea justa.

El contrabando como enemigo estructural

Uno de los puntos más contundentes del planteamiento del candidato presidencial es la lucha frontal contra el contrabando. No como una falta menor ni como un problema secundario, sino como uno de los principales factores de destrucción económica.

Combatir el contrabando “a muerte”, como se plantea, no es una exageración retórica. Es reconocer que no hay libertad económica posible cuando el mercado está secuestrado por la ilegalidad.

Colombia produce bienes de altísima calidad: alimentos, textiles, bebidas, manufacturas, productos agrícolas y creativos que ya son valorados en mercados exigentes. Pero para que esas empresas puedan salir al mundo, primero deben sobrevivir y consolidarse en casa.

La libertad económica auténtica no consiste en abrir las puertas sin control, sino en defender lo propio mientras se compite con el mundo. Es entender que el mercado no es una selva sin reglas, sino un ecosistema que necesita equilibrio para prosperar.

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