06 de enero de 2026, 11:45 pm
Hay una idea que Abelardo De La Espriella repite sin rodeos y sin adornos porque para él no es una metáfora sino una convicción: “El Estado colombiano es la empresa más importante que tiene este país”. Y como toda empresa grande, su fracaso o su éxito depende menos del discurso y más de quién la administra y cómo la administra.
El candidato presidencial no intenta construir una consigna bonita. Va directo al punto: “El manejo de la cosa pública necesita menos políticos y más empresarios”. No como desprecio por la política, sino como crítica frontal a una clase dirigente que, en sus palabras, ha vivido del Estado sin saber cómo hacerlo funcionar.
El colombiano no es perezoso: está mal gobernado
Abelardo parte de una afirmación que rompe con el relato asistencialista que se ha instalado en el país: “Los colombianos somos rebuscadores, nos gusta trabajar, nos gusta dar la pelea y ganarnos las vainas, no que nos regalen las cosas”. Para él, el problema no es cultural ni moral, sino estructural.
Administrar no es ideologizar
Uno de los ejes centrales de su planteamiento es que gobernar no es hacer activismo, sino administrar. Abelardo lo dice sin ambigüedades: “Colombia necesita visión empresarial para sacar adelante un país”. Y esa visión implica entender algo elemental: los recursos son finitos, las decisiones tienen consecuencias y el despilfarro se paga.
En el mundo empresarial, una mala gestión lleva a la quiebra. En el Estado colombiano, en cambio, la mala gestión suele premiarse con más presupuesto o más poder político. Esa distorsión es, para Abelardo, uno de los mayores males del sistema.
Por eso insiste en que el Estado debe operar con criterios de eficiencia, resultados y responsabilidad: “Vamos a hacer del Estado colombiano la empresa más efectiva y más rentable”. No rentable en términos financieros privados, sino rentable socialmente: que cada peso se traduzca en resultados reales para la gente.
El empresario entiende el riesgo; el político lo evade
Abelardo marca una diferencia clave entre quien ha estado en el sector productivo y quien solo ha vivido de la política. El empresario sabe lo que es arriesgar, responder, pagar nómina, competir y corregir errores rápido. El político tradicional, en cambio, opera sin asumir costos personales por sus decisiones.
De ahí su crítica a una clase dirigente desconectada de la realidad productiva: “El Estado necesita menos políticos y más empresarios”. No porque el empresario sea moralmente superior, sino porque está entrenado para resolver problemas concretos, no para administrarlos eternamente.
Para el líder de Defensores de la Patria, el Estado debe ser un aliado del que trabaja, no un obstáculo: menos trámites, menos persecución al empresario, menos criminalización de la iniciativa privada. El objetivo no es eliminar lo público, sino hacerlo funcional.
Por eso su mensaje no se queda en el diagnóstico: “Colombia va a vivir una época de gloria económica por cuenta del trabajo, de la decisión y de la visión empresarial que se necesita para sacar adelante a un país”. En su planteamiento, el problema nunca fue la falta de talento ni de recursos, sino la ausencia de una dirección clara.
Menos políticos que administran el poder como botín. Más empresarios que entienden que administrar es servir.
Ese es el cambio de fondo que propone Abelardo De La Espriella: no un eslogan, sino una forma distinta de entender el Estado y su responsabilidad con los colombianos.
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