06 de febrero de 2026.
En medio del ruido electoral, las descalificaciones cruzadas y los intentos por relativizar los números, el candidato presidencial Abelardo De La Espriella fijó su posición: con las encuestas no se pelea. No porque sean infalibles, sino porque cumplen una función básica en democracia: mostrar tendencias.
Y hoy, según el propio candidato, esa tendencia es clara y contundente: Colombia entró en una fase de polarización definida entre dos proyectos de país.
Las encuestas no eligen, pero sí revelan el momento político
De La Espriella reconoce que las encuestas no votan ni gobiernan, pero insiste en que sí reflejan el estado del electorado. Intentar desconocerlas, atacarlas o deslegitimarlas cuando no favorecen intereses particulares no cambia la realidad política que describen.
“Las encuestas muestran una tendencia”, afirma, y esa tendencia —más allá de posiciones individuales en una medición puntual— revela que el escenario electoral se está ordenando alrededor de dos visiones antagónicas.
Una polarización que ya no es difusa
Según el análisis del candidato, el país dejó atrás la dispersión de múltiples opciones con fuerzas equivalentes. Lo que hoy se observa es una polarización nítida entre, por un lado, el heredero político del actual gobierno y, por el otro, una candidatura que se presenta como su antítesis.
En ese escenario, Iván Cepeda aparece como la continuidad del proyecto político que hoy gobierna Colombia, mientras que De La Espriella se posiciona como la opción que representa lo contrario: democracia liberal, libertad económica e institucionalidad fuerte.
No es una pelea personal, es una disputa de modelos
La disputa, sostiene, es entre democracia y totalitarismo, entre un modelo que privilegia la libertad y otro que avanza hacia el estatismo. Entre la vigencia plena de las instituciones y una concepción del poder que las subordina a un proyecto ideológico.
Esa lectura explica por qué, aun ubicándose en segundo lugar en algunas mediciones, el candidato no entra en confrontación con los sondeos: los números ya reflejan que el electorado se está definiendo entre dos caminos.
Las encuestas, insiste De La Espriella, muestran algo más profundo que una fotografía coyuntural: un proceso de decantación política. El pueblo colombiano, según su lectura, empieza a alinearse alrededor de dos grandes tendencias que representan proyectos incompatibles entre sí.
Esa definición temprana explica el tono cada vez más intenso del debate público y la sensación de que el país se acerca a una elección decisiva, no sólo por quién gane, sino por qué modelo de país se imponga.
Lejos de celebrar o dramatizar los resultados, el mensaje apunta a la responsabilidad política. Si las encuestas muestran una polarización tan marcada, el desafío no es descalificarlas, sino asumir con seriedad el momento histórico.
Para De La Espriella, lo que viene no es una elección más, sino lo que denomina “la batalla final por la democracia”, una disputa que exige claridad, coherencia y respeto por las reglas del juego.
Las encuestas no se pelean. Se leen, se entienden y se asumen. Y hoy, todas coinciden en algo: Colombia ya está dividida entre dos visiones irreconciliables de su futuro.
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