24 de noviembre de 2025, 10:55 pm — Redactado por: Gineth Gómez
Hay momentos en los que un país siente que ya no puede seguir tragando entero. En ‘Cívicos’, Abelardo De La Espriella puso en palabras ese cansancio colectivo: lo vivido durante el gobierno Petro no puede archivarse como si nada. No habló desde el cálculo político, sino desde una convicción que retumba, sin justicia, no hay paz posible, ni orden institucional que sobreviva. Lo que expresó no fue una reacción emocional, sino una lectura profunda del sentir de millones de colombianos que presenciaron cómo el Estado se deformó hasta perder su esencia más básica: servir al ciudadano y proteger la ley.
La paz solo existe donde hay justicia
El país no está reclamando venganzas ni persecuciones. Está pidiendo claridad, responsabilidad y reparación. El precandidato presidencial fue categórico al señalar que uno de los mayores engaños del progresismo ha sido vender la idea de que exigir justicia es ser “enemigo de la paz”.
Nada más lejos de la realidad. Sin justicia no se firma la paz, se firma una farsa. La verdadera reconciliación empieza cuando cada hecho se esclarece, cada abuso se enfrenta y cada delito recibe la respuesta institucional que corresponde.
Durante la conversación, insistió en que la justicia no puede seguir siendo un accesorio político que se usa para perseguir adversarios o proteger aliados. Si la justicia no es para todos, entonces no es justicia. Por eso su postura no es personal, sino institucional: Colombia necesita corregir el rumbo, restablecer su brújula moral y demostrar que la ley sigue siendo la columna vertebral de la República.
La impunidad y la indiferencia, enemigos de la justicia en Colombia
Uno de los puntos más contundentes del diálogo fue la advertencia sobre la impunidad. De La Espriella recordó que lo ocurrido bajo el gobierno Petro no puede caer en el olvido ni quedar envuelto en el velo de la indiferencia. No se refiere sólo a casos aislados, sino a un modelo de poder que debilitó las instituciones, fracturó la confianza ciudadana y dejó una estela de decisiones que afectaron profundamente la seguridad, la economía y la integridad del Estado.
Fue en ese contexto donde relató uno de los episodios más dolorosos que ha presenciado en esta contienda: el asesinato de Miguel Uribe.
Ante la pregunta de si Colombia puede permitir que ese hostigamiento quede sin respuestas, la reacción de De La Espriella fue inmediata y visceral. Recordó el abrazo que le dio a Miguel Uribe Londoño en la velación de su hijo. “Si yo soy presidente, la muerte de Miguel no va a quedar en la impunidad. Confía en que voy a hacer justicia”.
La impunidad no solo bloquea la reparación; profundiza la herida. Cada colombiano que sufre por inseguridad, cada familia golpeada por el desempleo, cada joven sin oportunidades y cada ciudadano que observa el deterioro institucional entiende que algo muy grave pasó mientras se le pedía al país “paciencia”. Por eso De La Espriella afirmó que no actuar sería traicionar a la ciudadanía que todavía cree en la verdad, en la ley y en el orden.
El compromiso es con el país, no con la clase política
A diferencia de quienes han convertido el poder en un botín o en un instrumento de protección personal, el líder de Defensores de la Patria plantea una visión distinta: el liderazgo debe ser un servicio a la nación. Desde esa postura, explica que enfrentar la corrupción y las arbitrariedades del pasado no es un acto de revancha, sino de coherencia con lo que el país reclama.
Restaurar lo roto será una tarea enorme, pero impostergable. Una nación no avanza si convive con dos certezas terribles: que el crimen paga y que el poder protege a los suyos. En su visión, la reconstrucción empieza precisamente donde la clase política siempre ha evitado mirar: en la verdad.
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