10 de febrero de 2026.
En medio del debate presidencial, el candidato Abelardo De La Espriella abrió un frente incómodo para el establecimiento mediático y político al cuestionar abiertamente el papel de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP). Su señalamiento no es menor: según el candidato, esta organización dejó de actuar como defensora imparcial del periodismo para convertirse en un actor político alineado con la izquierda.
La crítica no surge de una diferencia coyuntural, sino de una experiencia directa que, asegura, revela un patrón de comportamiento selectivo frente a quién se señala y a quién se protege en el debate público.
Una fundación que calla frente a unos y persigue a otros
De La Espriella fue enfático al afirmar que la FLIP guarda silencio frente a declaraciones graves provenientes de sectores afines a la izquierda, mientras reacciona con rapidez cuando las críticas provienen de figuras que no comulgan con ese espectro ideológico.
Como ejemplo, mencionó la ausencia de pronunciamientos frente a afirmaciones de Iván Cepeda sobre el control o la limitación del periodismo, contrastándola con la velocidad con la que se activan alertas cuando él emite opiniones críticas.
Para el candidato, este comportamiento no es casual ni aislado, sino parte de una lógica de militancia política disfrazada de defensa de derechos.
En un país con antecedentes de violencia contra periodistas, sindicalistas y líderes sociales, rotular sin rigor puede convertirse en una condena implícita.
De La Espriella fue claro en deslindar responsabilidades: aseguró que nunca ha llamado a la violencia contra periodistas ni medios, y que sus denuncias se han canalizado exclusivamente por vías institucionales —jueces, Fiscalía y mecanismos legales— como corresponde a un Estado de derecho.
El problema, según explicó, es que algunas organizaciones confunden la crítica política con el señalamiento criminal, generando un ambiente de estigmatización selectiva.
¿Periodismo independiente o activismo financiado?
El candidato fue más allá y cuestionó el concepto mismo de “independencia” que, a su juicio, se ha vaciado de contenido. Señaló que en el debate público se presentan como periodistas independientes personas que han trabajado durante décadas en el Estado o que reciben recursos de grandes grupos económicos.
Para De La Espriella, llamar a las cosas por su nombre no es atacar la libertad de prensa, sino defenderla. El verdadero riesgo —afirmó— es permitir que el activismo político se disfrace de periodismo, erosionando la credibilidad de los medios y confundiendo a la ciudadanía.
Volver al centro: seguridad, orden y Estado de derecho
Al cerrar el tema, De La Espriella recondujo la discusión hacia lo que considera esencial: los problemas estructurales del país. Seguridad, justicia y autoridad del Estado. En ese marco, reiteró que su gobierno tendría planes de choque claros desde los primeros 90 días para recuperar el control territorial y devolverle a la Fuerza Pública la moral y el respaldo institucional.
La libertad de prensa se defiende con reglas claras, no con militancia encubierta; y la democracia se fortalece cuando nadie —ni políticos ni fundaciones— se sitúa por encima del escrutinio público.
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