El verdadero sueño es el colombiano: cuando emprender aquí es un acto de carácter

06 de enero de 2026, 11:00 pm

Durante años se nos vendió la idea de que el éxito estaba afuera. Que el verdadero sueño tenía pasaporte, visa y acento extranjero. Sin embargo, hay una verdad incómoda que pocas veces se dice en voz alta: emprender en Colombia es infinitamente más difícil y precisamente por eso, infinitamente más valioso.

Abelardo De La Espriella desmonta uno de los relatos más repetidos del discurso aspiracional contemporáneo. Para él, el verdadero sueño se construye aquí, en un país donde hacer empresa implica navegar por la inseguridad, extorsión, burocracia hostil y un Estado que, muchas veces, actúa más como obstáculo que como aliado.

Emprender donde todo juega en contra

Colombia es un país diseñado para que emprender no sea fácil. Donde el empresario no solo debe pensar en producir, innovar y crecer, sino también en protegerse. En muchas regiones, hacer empresa significa convivir con amenazas, extorsiones y un entorno que castiga al que se atreve a prosperar.

Y aun así, contra toda lógica, este país está lleno de historias que desafían cualquier manual académico. Empresarios que no pasaron por universidades de élite, que no tuvieron capital inicial ni padrinos poderosos, pero que levantaron compañías sólidas a punta de ingenio, intuición y una capacidad casi sobrenatural para resolver problemas.

Eso —dice De La Espriella— solo pasa en Colombia.

Colombia no es pobre en recursos. Es pobre en confianza. Tenemos todos los pisos térmicos, dos océanos, desiertos, montañas, selvas, nevados y un subsuelo cargado de riqueza. Pero, sobre todo, tenemos algo mucho más valioso: gente con una creatividad feroz, con repentismo, con inventiva, con una habilidad natural para hacer mucho con poco.

El mayor activo del país no está en el petróleo ni en los minerales. Está en su gente. En esa capacidad de improvisar soluciones, de crear empresa desde el barro, de transformar carencias en oportunidades. El problema no es la falta de potencial sino la ausencia de un entorno que lo proteja y lo potencie.

Uno de los puntos más críticos del planteamiento es la relación entre el Estado y el empresario. Hoy, para muchos, el Estado no es un socio: es un riesgo. Persigue, criminaliza, asfixia con impuestos y trámites, mientras protege poco y garantiza menos.

Para que el sueño colombiano sea posible, el Estado debe dejar de ver al empresario como sospechoso por definición y empezar a verlo como aliado estratégico del desarrollo. Garantías jurídicas, seguridad, reglas claras y un entorno donde producir no sea un acto heroico, sino una opción razonable.

El candidato presidencial insiste en que ningún país sale adelante si no cree primero en sí mismo. Si no reconoce su fuerza, su talento y su lugar en el mundo. Colombia, pese a todos sus problemas, es un país respetado internacionalmente por sus productos, sus empresarios, sus artesanos y su capacidad humana.

El verdadero sueño colombiano no se construye copiando modelos ajenos, sino creyendo en lo que somos. En nuestra capacidad, en nuestra pasión y en el potencial que tenemos entre manos. 

Creer en Colombia no es un acto ingenuo. Es un acto de carácter. Y quizás, el primer paso para dejar de sobrevivir y empezar, de una vez por todas, a construir grandeza.

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