25 de enero de 2026.
En entrevista exclusiva con CW+ Noticias, el precandidato presidencial Abelardo De La Espriella abordó uno de los debates más sensibles del momento político: la diferencia entre ejercer autoridad y caer en el autoritarismo. Su respuesta fue directa: el límite no lo fija la voluntad del gobernante, lo fija la ley.
Para De La Espriella, la discusión suele estar mal planteada. No se trata de cuánta fuerza ejerce el Estado, sino de bajo qué reglas lo hace. La Constitución y la ley son, según explicó, el cerco que impide que el poder se desborde. Cuando el gobernante actúa sometido a ese marco, no hay autoritarismo posible.
En esa lógica, el problema no es un Estado fuerte, sino un Estado débil o errático que renuncia a hacer cumplir la ley. La ausencia de autoridad —sostuvo— termina castigando al ciudadano de bien y premiando al delincuente.
Protección al ciudadano, no miedo al Estado
El líder del movimiento Defensores de la Patria insistió en que quien cumple la ley no tiene nada que temer. Al contrario: debe sentirse respaldado por el Estado. La autoridad, bien ejercida, genera seguridad, estabilidad y condiciones para trabajar, emprender y prosperar.
Desde su perspectiva, un gobierno legítimo debe evitar que el ciudadano viva con miedo a ser asesinado por un celular, drogado para robarlo o secuestrado. La función primaria del Estado es garantizar la vida, la libertad y la propiedad. Cuando eso falla, la democracia se vacía de contenido.
Mano firme contra el delito
En contraste, su mensaje frente al crimen fue contundente. Para los delincuentes, dijo, el Estado no puede titubear. La ley debe aplicarse con rigor, sin ambigüedades ni concesiones. El delincuente debe saber que enfrentará consecuencias reales: someterse a la autoridad o responder ante la fuerza legítima del Estado.
En su discurso, esto no constituye autoritarismo, sino cumplimiento estricto de la ley. El castigo no nace del capricho del gobernante, sino del mandato legal que protege a la sociedad. La impunidad —advirtió— es la verdadera forma de violencia institucional.
De La Espriella hizo una distinción clave entre los efectos que debe producir el poder del Estado. En el ciudadano de bien, la autoridad debe inspirar respeto y admiración. En el criminal, debe generar pavor. No miedo irracional, sino la certeza de que el delito no compensa.
Según explicó, el liderazgo auténtico se construye desde la sabiduría y la virtud, no desde la arbitrariedad. Pero esa virtud no es blanda: exige carácter para aplicar la ley incluso cuando resulta impopular o enfrenta resistencia.
Asimismo, cuando el presidente se somete a la Constitución, deja de ser un caudillo y se convierte en jefe de Estado. La ley, en ese esquema, gobierna por encima de los hombres.
En coherencia, el candidato presidencial planteó que muchos gobiernos confunden liderazgo con permisividad, y firmeza con autoritarismo. Para él, esa confusión ha debilitado al Estado colombiano y ha permitido el avance del crimen organizado.
La verdadera amenaza a la libertad no es un Estado que hace cumplir la ley, sino uno que renuncia a hacerlo.
En esa línea, De La Espriella dejó una idea central: la autoridad democrática no necesita excusas ideológicas. Necesita ley, carácter y decisión. Todo lo demás —afirmó— es retórica que termina costándole caro al país.
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