22 de diciembre de 2025, 12:40 pm
Hay ideas que se repiten tanto que terminan pareciendo verdades incuestionables. Una de ellas es que para “salir adelante” en Colombia hay que irse, abandonar la región, romper el arraigo y migrar a las grandes ciudades como si el talento solo pudiera florecer lejos de casa. Este fue uno de los puntos que abordó Abelardo De La Espriella con Jhonny Romero Osorio, el candidato puso en cuestión esa lógica y la calificó, sin rodeos, como un error estructural que el país lleva décadas normalizando.
Más que una reflexión anecdótica, el planteamiento apunta a una falla profunda del modelo de desarrollo colombiano: concentrar oportunidades en pocos centros urbanos mientras se vacían las regiones, se debilita el tejido social y se sobrecargan ciudades que ya no dan abasto.
Centralización disfrazada de oportunidad
Durante años se ha vendido la idea de que enviar a los jóvenes a estudiar a Bogotá u otras grandes capitales es sinónimo de movilidad social. Sin embargo, el resultado ha sido el contrario, colapso de servicios públicos, congestión crónica, deterioro de la calidad de vida y una desconexión emocional profunda de miles de estudiantes que terminan viviendo en entornos que no sienten propios.
De La Espriella cuestionó con dureza ese esquema. Para él, no solo es ineficiente, sino profundamente injusto. “Tenemos muy buenas universidades en todo el país”, sostuvo, subrayando que el problema no es la falta de instituciones regionales, sino la ausencia de una política decidida para fortalecerlas con los mejores docentes, recursos y programas de alto nivel.
El desarraigo también pasa factura
Más allá de los números, el impacto humano es evidente. Jóvenes que llegan a ciudades saturadas, lejos de su entorno familiar y cultural, enfrentan soledad, estrés y, en muchos casos, depresión. No es un detalle menor, un estudiante desconectado de su entorno produce menos, aprende menos y aporta menos.
El ejemplo que puso sobre la mesa fue directo y gráfico, un joven del Caribe o de un municipio intermedio, solo en Bogotá un domingo en la tarde, enfrentando una ciudad hostil, gris y ajena. No es una escena anecdótica, es una radiografía cotidiana que rara vez se incorpora al debate público.
Regiones fuertes, país viable
La tesis de fondo es clara, Colombia no se construye desde una sola ciudad. Promover que los jóvenes se queden en sus regiones, estudien allí y contribuyan al desarrollo local no es romanticismo, es eficiencia social y económica.
Formar talento en el territorio donde nació implica fortalecer economías locales, generar empleo, reducir presiones urbanas y consolidar comunidades con sentido de pertenencia. Además, evita un fenómeno silencioso, pero devastador: el vaciamiento intelectual de las regiones, donde los mejores se van y rara vez regresan.
Si el Estado financia la educación, esa formación debería, de alguna manera, traducirse en beneficios para la región de origen del estudiante. No como castigo ni imposición, sino como un círculo virtuoso: estudiar, crecer y devolver.
Esto no solo aliviaría problemas de movilidad, vivienda y servicios en ciudades como Bogotá, sino que permitiría que municipios y departamentos construyan proyectos de desarrollo sostenibles, con talento propio y conocimiento aplicado a su realidad.
El discurso del “todo en la capital” ha demostrado ser inviable. Las grandes ciudades colapsan, las regiones se rezagan y el país se fragmenta. Persistir en esa ruta no es falta de diagnóstico, es falta de decisión.
Un debate que el país ha evitado
Durante demasiado tiempo, esta discusión ha sido postergada. Se habla de educación, pero no de dónde ni para quién. Se habla de oportunidades, pero no de equilibrio territorial. Se habla de futuro, pero se ignora el costo humano del modelo actual.
Si Colombia quiere dejar de ser un país centralista, congestionado y desigual, tendrá que empezar por una decisión básica: dejar de expulsar a sus jóvenes de sus regiones y empezar a construir el futuro donde ellos nacieron.
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