Una infancia sin artificios: el origen del carácter de Abelardo De La Espriella

22 de diciembre de 2025, 13:40 pm

Hay trayectorias públicas que no se entienden sin volver al principio. No al currículo ni a los cargos, sino a la infancia. Es ese territorio donde se forman el carácter, los límites y la idea de lo que está bien o mal. Abelardo De La Espriella se detuvo a hablar con Jhonny Romero no del poder ni de la coyuntura política, sino de algo mucho más determinante, ¿Cómo fue educado y qué mundo lo formó?

Lejos de la solemnidad habitual del discurso público, el relato fue sencillo, directo y cargado de imágenes. Una infancia feliz, bucólica, profundamente ligada a la naturaleza y al entorno familiar en Montería. Un universo que hoy parece casi extinto, pero que explica buena parte de su forma de ver el país.

Crecer en contacto con la vida real

De La Espriella se describió como un niño inquieto, travieso, “mamador de gallo”, hiperactivo y permanentemente en la calle. No en la calle del abandono, sino en la del juego, el río, los amigos, los árboles de mango y la libertad. Un niño que salía del colegio, almorzaba y desaparecía hasta que caía la noche.

Ese contacto temprano con la naturaleza y con la vida comunitaria no es un detalle menor. En un país donde buena parte de la niñez crece hoy entre pantallas, miedo y encierro, ese tipo de infancia construye una relación distinta con el entorno, con la autoridad y con la responsabilidad individual.

Familia, límites y ambiente sano

También deja claro un punto que suele incomodar en el debate público, el valor del entorno. El candidato presidencial fue enfático al señalar que creció en un ambiente sano, donde las drogas no existían como presencia cotidiana ni como tentación normalizada. No por milagro, sino porque el contexto familiar, social y cultural funcionaba como contención.

No romantiza el pasado, pero sí marca una diferencia clara entre generaciones. Mientras hoy muchos jóvenes se enfrentan a entornos hostiles desde edades tempranas, él creció en un mundo donde lo más “grave” a los 13 años era una cerveza escondida. Esa distancia generacional explica, en parte, su insistencia en recuperar valores básicos como el orden, el límite y la autoridad.

Infancia y visión de país

La infancia que describe no es solo un recuerdo nostálgico; es una clave política. Un país que no protege la niñez, que rompe el vínculo con la familia, la naturaleza y la comunidad, termina produciendo ciudadanos desarraigados, inseguros y fácilmente manipulables.

Cuando De La Espriella habla de orden, de autoridad o de valores fundacionales no lo hace desde una abstracción ideológica, sino desde una experiencia vital concreta. Desde un mundo donde la norma no era impuesta por el miedo, sino aprendida en casa, en el barrio y en la convivencia diaria.

En tiempos donde la política se llena de personajes fabricados, su relato es una narración casi doméstica, sin artificios. Un niño feliz, curioso, inquieto, criado en libertad, pero con límites claros.

Al final, la infancia que describe explica su manera de pararse frente al país “de frente”, como él mismo dice. Sin miedo al señalamiento, sin complejos, sin necesidad de imposturas. Quien crece en un entorno sólido no necesita disfrazarse para enfrentar la realidad.

En una campaña saturada de promesas técnicas, este pasaje de la entrevista ofrece algo distinto: contexto humano. Y recuerda que, antes de cualquier proyecto político, hay una historia personal que marca el rumbo.

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