El arte como salvavidas: cuando el propósito le da alma a la vida

27 de diciembre de 2025, 05:50 pm

Lejos de la idea utilitaria que reduce la vida a producir, facturar y acumular, Abelardo plantea una visión más exigente y, paradójicamente, más humana. El arte —dice— imprime una marca en el alma. Una forma distinta de mirar el mundo, los negocios, las relaciones y la existencia misma. Quien tiene esa impronta artística no se conforma con lo funcional: busca lo bello, lo significativo, lo que deja huella.

No habla desde la teoría ni desde una pose intelectual, sino desde una convicción personal que atraviesa su manera de vivir, crear y emprender. Para él, el arte no es un adorno ni un lujo: es, sin exagerar, el salvavidas de la humanidad.

El prisma del artista: otra manera de habitar el mundo

Abelardo se reconoce, antes que cualquier otra cosa, como artista. No necesariamente en el sentido clásico de quien pinta o compone, sino en una acepción más amplia: la del creador que observa la realidad con sensibilidad estética y ética. Ese prisma —explica— transforma todo. Los negocios dejan de ser simples transacciones y se convierten en vehículos de experiencia. Las relaciones humanas se entienden como vínculos que requieren cuidado, atención y profundidad. La vida, en general, se asume como una obra que merece ser bien hecha.

Propósito: la línea que separa lo vacío de lo trascendente

Uno de los ejes más contundentes de esta conversación con Carlos Trujillo es la noción de propósito. Para el candidato presidencial, nada de lo que se hace tiene valor real si no está atravesado por una razón que vaya más allá del beneficio individual. “Una vida sin propósito es un cuerpo sin alma”. Puede moverse, producir, incluso brillar superficialmente, pero carece de sustancia.

Ese propósito no puede reducirse al dinero. De hecho, considera que hacer dinero es el elemento menos interesante de toda la ecuación. No porque sea irrelevante, sino porque llega como consecuencia, no como fin. Cuando el objetivo central es únicamente económico, todo se empobrece: el trabajo, las relaciones y, finalmente, la vida misma.

Para Abelardo, el verdadero sentido del hacer está en el impacto que se genera en los demás. A veces de forma directa, a veces a través de la inspiración. Inspirar es también una manera poderosa de ayudar. 

Esta idea se refleja claramente en su forma de emprender. Él no concibe productos vacíos ni proyectos sin alma. Crea aquello que a él mismo le gustaría consumir. Busca calidad, estética, contenido y belleza, no como estrategias de marketing, sino como una declaración de respeto hacia las personas. Vender algo implica, en su visión, una responsabilidad ética: ofrecer algo que eleve, que sume, que tenga dignidad.

Evangelizar desde lo que se hace bien

En un pasaje especialmente revelador, Abelardo utiliza una palabra poco común en el mundo empresarial: evangelizar. No en un sentido religioso estricto, sino como metáfora de transmitir valores, sensibilidad y visión a través de lo que se crea. Todos —afirma— llegamos a la vida esperando que alguien nos muestre un camino, y todos tenemos la posibilidad de hacer lo mismo por otros.

Esa “evangelización” no se impone con discursos grandilocuentes, sino con coherencia. Con productos bien hechos. Con proyectos que tienen alma. Con una vida que refleja lo que predica.

La conclusión es tan sencilla como exigente: lo que uno haga tiene que impactar positivamente a la sociedad. No por altruismo ingenuo, sino porque ahí reside la verdadera plenitud. Una vida sin propósito —repite Abelardo— carece de sentido por completo. Puede existir, pero no trasciende.

En tiempos donde abundan las vidas rápidas, exitosas en apariencia y vacías por dentro, esta reflexión funciona como un llamado incómodo pero necesario: volver a ponerle alma a lo que hacemos. Porque, al final, sin arte y sin propósito, la humanidad se queda a la deriva.

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