27 de diciembre de 2025, 06:00 pm
Abelardo De La Espriella pone sobre la mesa una idea incómoda para los tiempos que corren, pero profundamente necesaria: no todo lo que deja plata vale la pena hacerse. Y lo dice sin rodeos, sin maquillaje y sin cálculo político. En un país atravesado por una crisis que no es sólo económica ni institucional, sino también moral y espiritual, la discusión sobre los valores deja de ser abstracta y se vuelve urgente.
El candidato presidencial no habla desde la superioridad moral ni desde la pose del que nunca ha tenido opciones. Al contrario, reconoce que a lo largo de su vida le han ofrecido muchos negocios, algunos con cifras impresionantes y promesas de dinero fácil. Justamente por eso su reflexión pesa más: porque no nace de la carencia, sino de la decisión consciente de decir no.
La crisis que no se ve en las cifras
Para Abelardo, una de las grandes confusiones contemporáneas es creer que los problemas se resuelven con plata. En su visión, Colombia enfrenta una crisis de valores tan grave como cualquier déficit fiscal. Una batalla que no se libra solo en elecciones, sino en el terreno íntimo de las decisiones cotidianas: qué hago, con quién, a qué costo y hasta dónde estoy dispuesto a llegar.
El dinero fácil —advierte— suele presentarse como la solución mágica, cuando en realidad puede convertirse en el peor de los problemas. Porque el precio no siempre se paga en cuotas ni aparece en un contrato: se paga en intranquilidad, en conflictos, en renuncias silenciosas a los propios principios.
La frase que atraviesa toda esta parte de la conversación es tan simple como demoledora: no hagas nada por plata que no harías si no existiera la plata. No es un eslogan bonito para redes sociales. Es una línea ética clara, difícil de sostener, especialmente cuando el contexto empuja a “rebuscarse” como sea.
De La Espriella insiste en que cuando una persona actúa conforme a sus principios, cuando está dispuesta a parar si algo no es correcto o si hay una ilegalidad de por medio, el camino se despeja. No porque todo salga bien de inmediato, sino porque se elimina una carga invisible: la de vivir con problemas evitables.
En ese contexto Abelardo relata una experiencia personal que no se trata de negocios evidentemente ilegales, sino de propuestas que, aunque lucrativas, chocaban con sus convicciones personales. El ejemplo de los vapeadores es ilustrativo, números espectaculares, mercado en expansión, promesas de rentabilidad rápida. Y, sin embargo, una negativa tajante.
La razón no es técnica ni financiera. Es moral. “Eso mata a la gente”, dice sin eufemismos. Y con eso basta. No todo se justifica con balances positivos. Hay decisiones que, aunque legales o populares, no permiten dormir tranquilo. Y para Abelardo, la tranquilidad no es negociable.
La diferencia entre justificar y asumir
Ante la inevitable comparación con otros productos que él mismo comercializa, como el ron o el vino, Abelardo marca una línea que no pretende ser hipócrita, sino coherente. Habla de la moderación, del contexto, del sentido cultural y del impacto real. No se esconde detrás de excusas, pero tampoco acepta equivalencias forzadas.
Abelardo describe la vida llena de problemas como un “incordio”. Una palabra sencilla que resume una verdad profunda: vivir apagando incendios que uno mismo provocó por ambición o miedo no es éxito, es esclavitud. La plata que llega rápido suele traer detrás conflictos legales, dilemas éticos, presiones y silencios incómodos.
Por eso insiste en que nunca se deben hipotecar los principios. Porque cuando eso ocurre, el negocio deja de ser un medio y se convierte en un fin que lo devora todo. Y al final, el precio no lo paga solo quien toma la decisión, sino también su entorno, su familia y su reputación.
La vida, concluye, no se trata solo de llegar, sino de cómo se llega. Y en ese trayecto, la plata puede ser una herramienta poderosa, pero nunca un amo. Porque cuando el dinero manda, los valores se callan. Y cuando los valores se callan, lo que queda ya no vale tanto la pena.
En tiempos donde todo parece tener precio, esta reflexión recuerda algo básico y casi subversivo: hay cosas que, simplemente, no se hacen. Ni siquiera por mucha plata.
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