Desmontar la diplomacia inútil: la propuesta de De La Espriella para sacar a Colombia de la ONU, la OEA y la Corte Interamericana de Derechos Humanos

En su conversación con la Revista Semana, Abelardo De La Espriella soltó uno de esos planteamientos que incomodan a las élites diplomáticas, ponen nerviosos a los tecnócratas y hacen fruncir el ceño a más de un comentarista: Colombia no puede seguir sosteniendo estructuras internacionales que no le sirven, que consumen recursos y que, en la práctica, se han convertido en trincheras ideológicas de la izquierda continental.

No lo dijo en tono de bravata, sino con una claridad quirúrgica: la ONU, la OEA y la Corte Interamericana de Derechos Humanos han dejado de ser organismos de equilibrio para convertirse en directorios políticos que respaldan regímenes autoritarios, castigan selectivamente a las democracias y persiguen a las fuerzas armadas que enfrentan al terrorismo.

El balance es contundente

Mientras la retórica diplomática habla de “diálogo”, “multilateralismo” y “cooperación”, la realidad muestra otra cosa:
— Venezuela, más de 25 años en tiranía.
— Cuba, casi siete décadas sin libertades básicas.
— Nicaragua, más de 15 años de persecución sistemática.

¿Y qué han hecho estos organismos? Han sido espectadores de lujo en el deterioro de la región, incapaces de frenar abusos o de proteger a los pueblos sometidos. Para De La Espriella, insistir en esa membresía es poco menos que alimentar una estructura costosa e inútil.

Una postura que prioriza a Colombia

Cuando le preguntaron cómo piensa hacerlo, la respuesta fue directa: “Facilito, no se manda”. No se trata de un rompimiento caprichoso, sino de una decisión estratégica: liberar a Colombia de un aparato burocrático que drena recursos mientras no entrega resultados concretos.

La tesis es simple: si un organismo no protege la libertad ni la democracia, si no respalda a quienes combaten el crimen, si se presta para persecuciones ideológicas y si además le cuesta al país miles de millones en cuotas y representación.

Entonces no tiene sentido seguir allí.

Para el precandidato presidencial y líder de Defensores de la Patria cada peso que Colombia gasta en sostener una diplomacia ornamental es un peso que no se invierte en los ciudadanos.

Uno de los puntos más fuertes de su argumentación es el trato desigual que han recibido los miembros de la Fuerza Pública. Mientras los narcoterroristas violan sistemáticamente el derecho internacional humanitario, la Corte Interamericana ha dedicado años a perseguir a los soldados y policías que enfrentan a los grupos ilegales.

Ese sesgo, afirma, ha debilitado el espíritu de quienes arriesgan la vida por la República.
Por eso plantea una revisión total: primero van los derechos de los colombianos, incluidos los uniformados; lo demás es accesorio.

Hacía un Estado más pequeño y funcional

La propuesta de retirar embajadas inútiles, reducir burocracia y desmontar organismos superfluos se inserta en una visión más amplia: recortar el Estado en un 40 % para bajar impuestos y reactivar la economía.

No es un gesto aislado, sino un engranaje para devolverle a Colombia competitividad, ingresos disponibles y capacidad real de crecimiento. Según De La Espriella, el peso muerto de los organismos internacionales es parte del mismo problema: Estados gigantescos que gastan sin control y obtienen poco a cambio.

¿Es una decisión disruptiva? Sin duda; ¿es polémica? También. Pero el fondo del planteamiento revela algo más profundo: un país que se toma en serio su soberanía no puede delegar su destino a estructuras multilaterales que han demostrado su inutilidad.

De La Espriella propone romper un molde que pocos se atreven siquiera a cuestionar. Y lo hace desde una convicción central: Colombia debe dejar de pedir permiso para defender sus intereses.

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