La cultura del absurdo se ha convertido en doctrina entre los llamados progresistas. Una ideología que, en nombre de la “libertad”, ha terminado por justificar las mayores incoherencias morales y políticas de nuestro tiempo.
Abelardo De La Espriella, en conversación con María Andrea Nieto para El Control, lo expuso con la claridad que lo caracteriza. El comentario, más que anecdótico, retrata una realidad preocupante: la izquierda cultural perdió el sentido de la razón y la medida.
De las contradicciones morales al relativismo total
Los mismos que llaman “crimen” a una corrida de toros, aplauden el aborto de un bebé de seis meses. Los que dicen defender la diversidad, niegan el pensamiento distinto.
No es ideología, es incoherencia.
Y no es debate, es manipulación emocional disfrazada de justicia social.
Para el precandidato presidencial, lo que hay detrás de esa aparente compasión es una renuncia colectiva al sentido común. Una sociedad que llama “valiente” al desorden y “radical” a la coherencia, termina atrapada en su propio caos.
El Tigre lo resume sin rodeos: “A esa gente hay que dejarla perdida en la penumbra de su ignorancia.” No lo dice con desprecio, sino con resignación frente a un fenómeno global: la posverdad.
Hoy, los hechos valen menos que las emociones; la biología se subordina al capricho y el mérito al victimismo. Sin embargo, la historia demuestra que los países se construyen con lógica, no con consignas.
En Colombia, ese delirio progresista se tradujo en políticas incoherentes: prohibir los toros, pero liberar drogas; hablar de equidad, pero destruir la economía productiva; promover inclusión, mientras se persigue a quien piensa distinto.
Pocos recuerdan que De La Espriella fomentó leyes emblemáticas a través de la defensa de sus clientes, que fortalecieron la protección de las mujeres: la Ley Natalia Ponce de León, que tipificó los ataques con ácido, y la Ley Rosa Elvira Cely, que endureció las penas por feminicidio.
Eso es feminismo real: justicia, no ideología.
Un humanismo que entiende la diferencia entre hombres y mujeres, sin confundir sus roles ni borrar su valor. La batalla cultural que enfrenta Colombia no es entre derecha e izquierda, sino entre razón y delirio.
El progresismo, atrapado en su lógica del absurdo, pretende que todo sea relativo. Pero hay principios que no se negocian: la vida, la verdad y el orden moral sobre el cual se levanta una Nación.
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