Abelardo De La Espriella: la inteligencia emocional también es una competencia de Estado

En la política —como en la vida— abundan los títulos, pero escasea la madurez. Todo el mundo habla de las “competencias” de un líder: su preparación, su hoja de vida, sus logros académicos. Pero pocos entienden que un verdadero presidente necesita más que diplomas: necesita carácter, serenidad y dominio propio.

Abelardo De La Espriella lo dijo sin rodeos en entrevista con El Control: “A veces siento que estoy compitiendo con adolescentes brillantes: gente muy inteligente, pero profundamente inmadura”. Y tiene razón.

La inteligencia emocional no es una moda de autoayuda; es un requisito de Estado. Sin equilibrio interior, el poder se convierte en delirio. Sin madurez, la política se degrada en griterío.

Un líder no se mide solo por lo que sabe, sino por cómo reacciona frente a la adversidad.
De La Espriella, con más de dos décadas en el litigio y en la empresa privada lo ha demostrado con hechos: ningún proceso disciplinario, ninguna sanción penal. En un país donde la envidia y el rumor son pasatiempos nacionales, su trayectoria se sostiene sobre lo que más escasea: coherencia.

Y lo dice con la claridad del que ha enfrentado la tormenta: “En la democracia hay que aceptar las reglas incluso cuando los números no te favorecen”.

La política colombiana se ha vuelto un concurso de egos y celos. Muchos “jóvenes brillantes” confunden liderazgo con espectáculo, y creen que el éxito ajeno es una amenaza. Pero, como recuerda el precandidato presidencial, la verdadera grandeza se demuestra reconociendo el mérito de otros, no intentando destruirlo.
Esa es la diferencia entre un líder de Estado y un adolescente con micrófono.

Gobernar con cabeza fría y corazón firme

Abelardo De La Espriella representa una nueva comprensión del liderazgo: la de quien ha triunfado en el sector privado, ha aprendido de la disciplina del trabajo real y entiende que gobernar es más que posar.

Su apuesta es simple, pero poderosa: llevar al Estado la eficacia del empresario y la madurez del hombre que no necesita gritar para imponerse.

En tiempos donde la inmadurez se disfraza de rebeldía, Colombia necesita adultos en el poder.
Es hora de líderes con cabeza fría, corazón firme y vocación de patria.

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