En abril de 2009, Carlos Gaviria Díaz, el dirigente de izquierda por excelencia, exprofesor y exmagistrado de la Corte Constitucional, advertía ante Felipe Zuleta que cierto revolucionario había descubierto la fórmula para escalar entre las izquierdas irreconciliables: carecer de escrúpulos. Aquel abogado antioqueño sostuvo que Gustavo Petro tenía un proyecto estrictamente personal —llegar a la Presidencia— reescribiendo su pasado y acercándose al establecimiento, es decir, dejando de presentarse como un rebelde, suavizando su discurso, negociando con empresarios y viejos partidos, aparentando ser respetable. En otras palabras, renunció a la radicalidad para disfrazarse de hombre confiable del poder tradicional.
También, sobre Petro, Héctor Abad Faciolince escribió en un trino airado: “Recuerdo cuando mi amigo Carlos Gaviria me contaba, con ira, de cómo Petro cambiaba las actas del Polo por la noche para poner lo que no se había resuelto. Un tramposo”. Petro sabía que la memoria colectiva es frágil: que las denuncias bajan con la marea, que los recuerdos se vuelven lejanos, insanos, inútiles. Entonces llegaría su momento: demostrar que, careciendo de recato, también se conquista el poder.
La estrategia tenía dos pasos: aprovechar el olvido y matizar.
Con los años —a la postre, no tantos— los recuerdos de las trampas de Petro quedaron sepultados bajo el polvo del olvido y las masas, dóciles, lo coronaron sin recordar de qué barro estaba hecho. Quienes lo señalaban desde su propia orilla política ya no estaban o guardaban silencio; apenas quedaron memorias blandas, como las de un Gustavo Bolívar suspirante o una Irene Vélez balbuceando consignas económicas como plegarias sin fe.
Siempre me intrigó por qué ese muchacho sin escrúpulos, envejecido en la política y encaramado en la Presidencia, nunca privilegió en la carrera a ser su sucesor a su sombra fiel, Gustavo Bolívar. Tampoco entendí por qué no posó sus esperanzas en Iván Cepeda, fabricante de mitos; ni en Navarro Wolff, ni en Susana Muhamad, ni siquiera en la sacerdotisa del decrecimiento, Irene; ni en la hija de su antiguo ídolo guerrillero, Carlos Pizarro.
Pero lo que la razón no me explicó, la desidia lo gritó: Petro necesita a un reflejo de sí mismo, un doble de su propia infamia. Sabe, como el primero de su clase, que en la selva del poder de la izquierda no gana el más brillante ni el más leal, sino el que no tenga ni un gramo de escrúpulos, un discípulo de su misma calaña, un espejo sin mancha que devuelva su rostro, aunque sea el rostro de la impostura.
Nunca había entendido esa obsesión enfermiza de Petro por blindar a Daniel Quintero, hasta que la respuesta, tan obvia como obscena, se me plantó delante: Quintero es el espejo en el que Petro se contempla, pero deformado, grotesco, peor. Un eco suyo, pero con menos pudor, menos disimulo, menos vergüenza; que sigue al pie de la letra su estrategia de aprovechar el olvido y matizar.
Quintero no es de izquierda; jamás lo fue. Pero, como Petro, comprendió que la política de izquierda es un juego de disfraces y matices: si Petro se arrimó al establecimiento, Quintero se arrima a Petro. Ninguno conoce la vergüenza. Quintero puede pararse horas frente a una cámara, con la voz melosa de un falso pastor, a desgranar mentiras sin rubor; luego volar a Perú para posar como caudillo nacionalista; y al regreso, prometer repartir neveras y lavadoras como si fueran hostias.
Sociópata, mitómano, populista: hace y dice lo que sea con tal de ganar, se une con cualquiera para trepar. Confieso que, al escribir este párrafo, ya no sé si hablo de Quintero o de Petro: el reflejo es tan turbio que ambos terminan siendo la misma sombra.
Hoy Gustavo Bolívar y otros alzan la voz contra Daniel Quintero, como en su día lo hizo Carlos Gaviria contra Petro. Pero Quintero —igual que Petro— ya tiene la jugada trazada: sabe que el escándalo se extingue y que la memoria colectiva es un animal de patas cortas. Confía en que mañana, cuando el ruido se disuelva, brotarán las nuevas Irenes Vélez del porvenir, trinando con corazones en los ojos, celebrando como epifanía filosófica cualquier balbuceo suyo sobre “progresismo”. Y, a diferencia de Petro, este cínico aprendiz de tirano no llega solo: ya carga en su equipaje a su propio Carlos Ramón González, a su Roy Barreras de turno y a un Benedetti dispuesto a revolcarse en el lodo de sus propios escándalos, orinando sobre sí.
Daniel Quintero no es un progresista ni un revolucionario, es algo peor. No carga ideología ni bandera; carga un espejo y se mira en él con la devoción narcisista de un tirano en ciernes. No busca transformar el país, ni siquiera defender a los suyos: solo quiere satisfacerse, saciar su vanidad. Precisamente por eso es más peligroso que todos los demás, porque no juega por convicciones sino por capricho, y contra ese delirio no hay doctrina ni cálculo que lo contenga. Mientras Petro se contempla en Quintero como en un espejo deformado, Quintero solo alcanza a ver su propio reflejo: un tirano en miniatura, hambriento de sí mismo.