Pinzón: el candidato que nunca fue

Pocas escenas resultan más enrevesadas y lúgubres en la política nacional que la de Juan Carlos Pinzón Bueno, atrapado en una encrucijada sin salida. Su aspiración presidencial descansa sobre una estrategia digital repetitiva que apenas despierta bostezos y una sucesión de cocteles con empresarios que empiezan a dudar. No hay en su camino partido que lo acoja ni pueblo que lo reclame, solo el murmullo incómodo de un nombre que se resiste a desvanecerse.

Hace apenas unos meses circuló el rumor de que Pinzón Bueno tanteaba la posibilidad de entrar en la consulta del uribismo. Pero esa puerta se le cerró de golpe. El propio Álvaro Uribe Vélez, guardián del movimiento, insistió en que los precandidatos debían ser militantes del Centro Democrático. Y la senadora María Fernanda Cabal, siempre más tajante, zanjó la discusión con una sentencia áspera: “Aquí no pueden entrar santistas, ni travestis de la política, ni camuflados, porque ya fue suficiente”. Uribe, con su habitual cálculo, pidió a su colectividad no encadenar a Pinzón a su pasado santista, pero al mismo tiempo lo condenó a la intemperie: lo lanzó a competir sin su manto protector, relegado al pelotón de aspirantes comunes, sin privilegio ni atajo alguno. El mensaje fue nítido, casi cruel: si quiere ser tenido en cuenta, que llegue primero a marzo.

De allí, a Pinzón se le abrían apenas dos senderos: abrazar la independencia y lanzarse, aunque tarde, a la recolección de firmas; o entregarse al fatigado trueque con los viejos caciques que aún dominan maquinarias en el Partido Conservador, Cambio Radical o el Partido de la U. Sorprendentemente, Pinzón declinó la primera opción —la única que le habría otorgado un margen de autonomía para negociar en marzo en una eventual consulta interpartidista— y se condenó, por propia decisión, a la telaraña de pactos con partidos políticos, a la servidumbre ante barones electorales y, peor aún, a tender la mano a congresistas que hasta hace poco marchaban al lado de Gustavo Petro.

Pero esa decisión proyecta también una sombra espesa sobre el futuro de Pinzón, pues el panorama dista mucho de ser claro. En el caso del Partido Conservador, su viejo patriarca, Efraín Cepeda —hombre fuerte de la colectividad y expresidente del Congreso— ya manifestó su interés en disputar las justas. Según reveló El Colombiano, lo más probable es que ese partido, que en las pasadas elecciones legislativas obtuvo cerca de dos millones de votos, busque un precandidato con verdadero peso para negociar en los escenarios de una eventual encuesta en diciembre y la posterior consulta prevista para marzo. A ello se suma que la colectividad atraviesa su propio proceso interno: la representante a la Cámara Juana Carolina Londoño también entró a la carrera y pretende hacerse con el aval conservador, complicando aún más el tablero en el que Pinzón intenta moverse.

Todavía más sombrío resulta el panorama frente al Partido de la U. Esta colectividad ha sido un aliado constante del gobierno de Gustavo Petro y, además, es la heredera natural del santismo. Obtener su aval equivaldría, para Pinzón, a cargar con dos estigmas insoportables ante el electorado que busca seducir: el de “santista” y el de pertenecer a un partido que ha respaldado sin reservas las reformas de Petro. Con ello, Pinzón dilapidaría de un solo golpe el esfuerzo de estos meses, en los que se ha dedicado casi exclusivamente a desmarcarse de Juan Manuel Santos y a atacar al presidente mediante videos repetidos hasta la saciedad en la red social X, pero que, pese a su insistencia, no han logrado despertar el más mínimo eco político.

En Cambio Radical el horizonte no es menos incierto. Ni siquiera David Luna, hijo predilecto de esa colectividad, se atrevió a desafiar la sola posibilidad de una candidatura de Germán Vargas Lleras. A ello se suma que las facciones más férreas en su oposición al gobierno Petro miran con desconfianza a Pinzón Bueno, a quien siguen viendo como un aliado de Juan Manuel Santos. En su lógica, lejos de sumar, resta: sus energías estarán consumidas en intentar exorcizar el lastre del santismo, en vez de atraer nuevos simpatizantes.

La otra salida sería recalar en una colectividad menor, pero ese camino lo dejaría prácticamente inerme de cara a marzo: su reconocimiento nacional sigue estancado y, sin una estructura sólida que respalde su nombre, sus opciones se reducen al mínimo. Peor aún, entre sus pares quedaría la imagen de un candidato errante, que deambuló por todas las orillas —incluido el uribismo— sin lograr concretar nada en ninguna, cargando así con el estigma del político sin puerto ni bandera.

Pero el escenario más crítico se dibuja en el propio sector empresarial que al inicio le tendió la mano y hoy observa con desazón cómo la campaña de Pinzón Bueno se consume en un ejercicio defensivo: justificar, una y otra vez, su pasado junto a Juan Manuel Santos. Esa herida, que no cicatriza, contrasta con la ventaja de candidatos como Abelardo de la Espriella o Vicky Dávila, libres de tal lastre y en sintonía con un sector de la opinión que culpa al acuerdo de paz del deterioro de la seguridad nacional. Mientras ellos crecen en reconocimiento e intención de voto, acaparando la atención mediática y el pulso del debate, Pinzón se diluye en cocteles insustanciales, reuniones discretas y una estrategia digital repetitiva, casi molesta, cuyos videos no logran despertar el menor eco en las redes.

Pinzón camina como un espectro por los corredores de la política nacional, empuñando un discurso que nadie reclama y tocando puertas que se cierran con estrépito a su paso. El uribismo lo desechó como a un extraño indeseado, recordándole que fue parte del séquito de Santos; los conservadores, con su pragmatismo frío, lo consideran un cuerpo sin fuerza propia; y el Partido de la U, ese mausoleo del santismo, lo hundiría en el mismo fango del que intenta escapar. Ni siquiera el recurso de la independencia lo acompaña, pues nunca recogió las firmas que le habrían dado oxígeno. En los cocteles con empresarios que al principio lo escuchaban, ya perciben un eco molesto, un fantasma que se defiende de su pasado sin poder construir futuro. Así, su campaña se asemeja a un pasillo oscuro en el que los candiles se apagan uno a uno, y su figura se va desvaneciendo, como condenado a ser, eternamente, el candidato que nunca fue.

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