Por: Redacción Defensores de la Patria
Abelardo De La Espriella, precandidato presidencial, ha insistido en varias ocasiones en que su candidatura no obedece a una ambición personal ni a un cálculo político, sino a un llamado superior.
“Hoy me tiene aquí un designio divino por una parte y por otra, que esta es mi verdadera vocación y la vida y Dios me prepararon durante todos estos años para este momento y por eso estoy aquí”.
En anteriores oportunidades, De La Espriella había explicado que no podía seguir mirándose al espejo y hablarles a sus hijos de honor, dignidad y patriotismo si no respondía al llamado de Colombia.
Ese sentido de obligación lo presenta como parte de un propósito mayor, donde la fe y la patria se funden en un mismo horizonte, y desde hace tiempo ha señalado que sus convicciones descansan en valores cristianos y en la defensa de la familia, principios que entiende como la base de toda sociedad libre y justa.
En un reciente diálogo con la periodista Anny Chavarría dejó claro que lo que hoy lo vale todo, más allá de su familia, es la nación porque “Colombia lo vale todo”.
A lo que también recalcó que “nadie dijo que iba a ser fácil defender la patria y por eso estoy aquí. Si no fuese tan complejo lo haría otra gente, pero como dijo el maestro Picaso, yo hago lo difícil porque lo fácil lo hacen los demás”.
Renunció a la libertad de caminar sin escoltas, a la posibilidad de vivir sin amenazas, para responder a lo que entiende como un mandato divino.
La fe, que siempre ha estado presente en sus discursos y en su manera de ver el mundo, se convierte aquí en el motor que lo impulsa a resistir la dificultad y a enfrentarla con entereza.
No se trata sólo de política sino de un sentido espiritual de servicio, para él, Dios no es un espectador distante, sino quien lo preparó para llegar a este momento, por eso, insiste en que eligió este camino no por necesidad, sino por convicción: “estoy aquí porque decidí que Colombia fuese mi única opción en este momento”, afirmó.
El resultado es un relato en el que Dios y patria aparecen como ejes inseparables, la fe lo sostiene, la patria lo convoca, y juntos delinean el propósito de su candidatura.
Ese designio divino que asegura lo trajo hasta aquí se traduce en una decisión que busca trascender lo personal para ponerse al servicio de un país que lo vale todo.
La patria necesita corazones jóvenes y decididos, capaces de soñar en grande y creer que con la ayuda de Dios todo es posible. Es el momento de levantar la voz, de unirnos como una sola generación que no se rinde y que está dispuesta a defender a Colombia con esperanza y alegría.
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