Mientras Medellín centraba su atención en el Congreso de Fenalco y los aspirantes presidenciales transitaban discretamente entre conferencias y reuniones reservadas, Abelardo de la Espriella eligió un camino paralelo. En apenas tres días, del 24 al 26 de septiembre, desplegó dieciséis actos de naturaleza variada —desde almuerzos con empresarios hasta concentraciones en barrios populares— que dejaron señales inequívocas para el mundo político.
La gira, jalonada por auditorios colmados y una logística poco habitual en esta fase de campaña, puso en evidencia una capacidad de convocatoria que, al margen de las estructuras tradicionales, lo perfila como un actor con peso propio y plantea preguntas sobre el alcance real de su proyección electoral.
1. No convoca, desborda
Los dieciséis eventos públicos en los que participó Abelardo de la Espriella se tradujeron en llenos totales. En el Hotel 10, la capacidad habitual de sus salones resultó insuficiente y fue necesario habilitar tres recintos de manera simultánea. Mientras en uno concluía su intervención, en otro ya lo esperaba una audiencia expectante y, al mismo tiempo, un tercer espacio comenzaba a ocuparse para escuchar un discurso que solía extenderse entre 25 y 35 minutos.
El almuerzo con el denominado Sanedrín fue muestra de ese desborde: 170 líderes cívicos y empresariales sentados a la mesa, y decenas de personas de pie contra las paredes, atentas a la intervención aun sin participar del encuentro.
En solo tres días se sumaron, además, tres concentraciones de mayor magnitud: 1.100 asistentes en la Central Mayorista de Antioquia, unos 700 en el Parque de San Antonio de Pereira y, como punto culminante, 1.200 en el barrio Manrique, con cerca de 200 personas que quedaron por fuera del recinto.
Un cóctel de oyentes
La agenda de Abelardo de la Espriella en Medellín fue un recorrido por públicos diversos. Inició con un encuentro con un grupo cívico de mujeres, tuvo con dos reuniones con pastores cristianos y líderes religiosos, y también se dirigió a más de 150 médicos reunidos en un auditorio; y sumó un almuerzo con el denominado Sanedrín.
El plato fuerte, sin embargo, estuvo en los empresarios. Ocho eventos colmados marcaron la diferencia: una cita con Asoguayaquil que reunió a unos 220 comerciantes; un desayuno en la Central Mayorista que desbordó cualquier previsión para luego pasar a un auditorio lleno; un almuerzo donde estuvo representado medio Club Campestre de Medellín; y las convocatorias de CEN y Centro Unidos, que congregaron a más de cien empresarios cada una.
No se limitó, sin embargo, a los círculos de poder económico. También caminó por Manrique, se acercó a las comunidades del oriente antioqueño y sostuvo una agenda privada de la que poco trascendió, aunque la magnitud de la caravana que lo acompañaba dejaba entrever la relevancia de esos encuentros.
El precio que pusieron por su cabeza no lo frenó
Durante la gira, Abelardo de la Espriella denunció que la UNP había reducido su esquema de seguridad y que, paralelamente, circulaban versiones sobre un precio exorbitante puesto a su cabeza. Lejos de replegarse, la respuesta fue caminar con paso firme por los galpones de la Central Mayorista, recorrer Carabobo y atravesar la calle 45 de Manrique. Allí, entre multitudes, convirtió la amenaza en un acto de desafío público: mostró que su campaña no se mueve al ritmo del miedo.
Coordinación y capacidad logística
Desde el instante en que aterrizó en Medellín en un vuelo privado, la gira de Abelardo de la Espriella exhibió una maquinaria logística difícil de igualar. Cada evento parecía anticipado al detalle: avanzadas de sonido, pantallas listas, esquemas de seguridad aceitados y equipos de apoyo que se movían con sincronía de reloj.
La marca de campaña se desplegó con uniformidad: luces, jingles, escenarios que recordaban conciertos y un dispositivo técnico que garantizó continuidad sin fisuras. La agenda, medida en cifras, es elocuente: 16 eventos en tres días, una tasa de 5,3 actos diarios. En tiempos donde la improvisación suele ser la norma, la gira de Medellín mostró que detrás del candidato hay un engranaje capaz de sostener el ritmo de una campaña presidencial.
5. Sin el GEA
Uno de los rasgos más comentados de la gira fue la ausencia deliberada del Grupo Empresarial Antioqueño. De la Espriella demostró que su poder de convocatoria entre empresarios no depende de esa élite corporativa que, durante décadas, ha marcado el pulso económico y político de la región.
Los salones llenos, las reuniones con comerciantes de la Central Mayorista, las citas con gremios medianos y las convocatorias de asociaciones empresariales locales evidenciaron que su respaldo provino de sectores diversos y no de los tradicionales capitanes de la industria antioqueña. El mensaje implícito fue contundente: la campaña no requiere la bendición del GEA para movilizar a la clase productiva de Medellín.
6. Sin políticos tradicionales
Más allá de la compañía de Enrique Gómez, de la presencia intermitente de Miguel Polo Polo y de una aparición de Lina Garrido, la gira de Abelardo de la Espriella en Medellín transcurrió sin la sombra de los partidos ni el respaldo de las maquinarias locales. Ningún congresista antioqueño, ninguna de las estructuras tradicionales que suelen monopolizar los grandes actos políticos, apareció en los dieciséis eventos.
Aun así, los auditorios se llenaron y las concentraciones superaron toda previsión. El mensaje, para la clase política, es claro: su convocatoria no depende de avales burocráticos ni de alianzas con caciques regionales. La incógnita que queda en el aire es inevitable: ¿qué sucederá si esas maquinarias, en algún momento, deciden sumarse a sus huestes?
7. Las molestas comparaciones
En política, las comparaciones son inevitables, pero pocas resultan tan incómodas como las que dejó esta gira. Vicky Dávila también desayunó con los cacaos de la Central Mayorista al inicio de su campaña; María Fernanda Cabal también se presentó en Manrique en algún momento; otros candidatos han intentado recorridos similares. Pero los números y las imágenes no mienten: lo de de la Espriella fue otra escala.
Mientras unos se conformaron con fotos tímidas en salones semivacíos, él mostró auditorios desbordados y recintos imposibles de contener. Basta poner lado a lado las imágenes del desayuno en la Mayorista: las de Dávila lucen discretas, casi de sobremesa; las de De la Espriella, en cambio, muestran un recinto saturado de público y cámaras. Con Cabal sucede lo mismo: lo que en ella fue un acto de barrio, en él se transformó en multitud.
El contraste es demoledor. Allí donde los demás apenas suman simpatizantes, él exhibe fuerza. Y en un escenario electoral donde la percepción es poder, esas diferencias pesan más que cualquier discurso.
8. El simbolismo del cierre
El último acto de la gira fue también el más elocuente. Ante 1.200 personas en el corazón de la comuna nororiental de Medellín, Abelardo de la Espriella clausuró su recorrido con un mensaje de alto voltaje político: no es un candidato confinado a las élites. La multitud en Manrique —un barrio popular, vibrante y densamente poblado— sirvió como escenario para desmontar el argumento de quienes lo señalan como un aspirante distante de las bases sociales.
Mientras otros líderes nacionales apenas lograron agendas discretas en la ciudad, él eligió cerrar en un territorio donde la política se mide en cercanía, no en cifras macroeconómicas. Fue un gesto calculado y simbólico: mostrar que su nombre también resuena en los sectores más humildes.
El contraste con sus contrincantes quedó expuesto. Quienes insisten en retratarlo como ajeno a la calle deberán explicar cómo, en Medellín, fue precisamente en los sectores populares donde demostró su mayor capacidad de convocatoria.
La gira de Abelardo de la Espriella por Medellín no fue un itinerario más en la agenda electoral: fue una demostración de fuerza. En tres días condensó dieciséis actos que dejaron al descubierto un fenómeno difícil de ignorar: convoca sin depender de maquinarias, reúne empresarios sin la venia del GEA, llena auditorios sin estructuras tradicionales y logra, además, irrumpir en los barrios populares con la misma contundencia que en los salones empresariales.
El mensaje al mundo político es nítido: hay un actor que juega por fuera de los moldes convencionales y que, sin necesidad de tutelas partidistas, logra agitar multitudes. Medellín, con sus cifras y escenarios, puso la vara en alto. La pregunta que queda abierta para sus contrincantes es si estarán en capacidad de igualar esa demostración o si, por el contrario, deberán resignarse a explicar la magnitud de la diferencia.
SEBASTIÁN BUILES VARGAS