Abelardo De La Espriella se define como un líder llamado por la patria en tiempos de crisis: ejercer el poder con firmeza, restaurar el orden y volver a la vida privada. “Cumplo y me retiro”.
El llamado de la República
Abelardo De La Espriella sorprendió al compararse con una figura poco común en la política contemporánea: Lucio Quincio Cincinato, el general romano que abandonaba su trabajo en el campo cada vez que la República estaba en peligro, asumía el mando, restauraba el orden y devolvía el poder.
“No soy Marco Aurelio, soy Cincinato”, dijo Abelardo al recordar que no busca ser un gobernante perpetuo, sino un servidor temporal llamado en emergencia. La metáfora condensa su visión del liderazgo: autoridad como deber, no como privilegio.
De La Espriella afirma que, como el romano, ha dejado su vida privada para asumir una tarea: rescatar la patria de la corrupción, la violencia y el desgobierno. Su promesa es clara: cuatro años de gobierno sin sueldo, sin financiación externa y sin viajes al exterior.
Una vez cumplida la misión, asegura, se retirará definitivamente de la vida pública.
Esa renuncia a la ambición política busca proyectar confianza en un país fatigado por los caudillos que se eternizan en el poder. En palabras del candidato, “he venido con la espada afilada de la democracia para cortar la cabeza a la serpiente del comunismo radical”.
De La Espriella apela al ejemplo de los antiguos: entrar al gobierno por deber, no por ambición.
Esa figura de Cincinato —el ciudadano que vuelve al campo tras cumplir su deber— se convierte en el emblema de su campaña: un liderazgo civilizador en medio del caos.
Más que una promesa, busca ser una declaración moral: la idea de que el país no necesita políticos profesionales, sino patriotas dispuestos a servir y a soltar el poder.
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“Si me necesitan, voy; cumplo y me retiro”.
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