Cuando Abelardo De La Espriella hizo su llamado a la unión, muchos aplaudieron. Por fin alguien hablaba con claridad, sin cálculos ni disfraces, de un país que debía reencontrarse para salvarse. Pero ese entusiasmo duró poco.
Como él mismo lo describió con ironía caribeña, “duró lo que un mango verde con sal y limón frente a la puerta de un colegio”. La unidad fue bienvenida hasta que el ‘Tigre’ empezó a rugir fuerte.
El ascenso que incomodó a los poderosos
Conforme la voz del líder Defensores de la Patria crecía en las calles, en las redes y en las plazas, las encuestas —esas que no se publican, pero todo el país comenta— comenzaron a mostrar lo inevitable: Abelardo De La Espriella estaba subiendo como la espuma.
Pasó de ser el outsider al precandidato que encarnaba la “extrema coherencia”, la opción real para derrotar al enemigo de la democracia: Gustavo Petro y su círculo de cómplices.
Y fue entonces cuando el discurso de unión se convirtió en silencio. Los mismos que hablaban de fraternidad empezaron a conspirar. Los ataques llegaron desde todos los frentes: las mentiras, las calumnias, las distorsiones sobre su trayectoria como abogado. Pero Abelardo no se replegó. El fuego no lo asusta: lo templa.
En política, cuando el poder siente miedo, inventa enemigos. Los intentos por manchar su nombre no son nuevos: son la vieja táctica de los débiles ante el carácter de los fuertes. Lo que no soportan es su claridad moral, su capacidad de decir lo que otros callan y de hacerlo con la serenidad del que no tiene nada que esconder.
Porque Abelardo De La Espriella no vino a improvisar, vino a servir.
Su lucha no se trata de una ambición personal, sino de un deber moral asumido frente a sus hijos y frente a Colombia. El deber de salvar la República del caos y la mentira.
Hoy, los números lo confirman y el pulso del pueblo lo respalda.
El llamado a la unión sigue vivo, pero ya no es un eco tibio de campaña: es un rugido que resuena en toda Colombia. El tigre no pidió permiso para despertar a la nación. Lo hizo porque era su destino.
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