En tiempos donde el poder suele devorar la calma y la ambición se confunde con propósito, Abelardo De La Espriella se distingue por algo esencial: su familia.
No hay discurso ni victoria profesional que lo recargue tanto como un abrazo de su esposa o un beso de sus hijos. “La batería se pone en verde, full de una”, dice con orgullo. En un país que a veces parece moverse sólo por intereses, su éxito más grande no está en los tribunales ni en los negocios, sino en su hogar.
Para Abelardo, su familia no es solo su refugio, sino el soporte de cada decisión.
Es allí donde se cultivan los valores que defiende en la vida pública: el respeto, la lealtad, la fe y la disciplina. Su esposa, que al principio se mostró renuente ante la idea de verlo entrar en la política, terminó comprendiendo —como él mismo— que no se trataba de una elección personal, sino de un designio superior.
“Durante años le pedí a Dios que me alejara de esto”, confiesa. “Le pedí discernimiento, sabiduría y valor. Pero cada día me fue poniendo una piedra más en el camino, hasta mostrarme con claridad que este era mi destino”.
Una misión que trasciende la política
Para el líder de Defensores de la Patria, su incursión en la vida pública no es una aventura política, sino un acto de obediencia espiritual. Él no busca cargos, busca cumplir una misión.
Por eso repite con convicción: “Yo quiero ser el Ciro de Colombia” —en alusión al rey persa que, guiado por la voluntad divina, liberó a su pueblo.
En una sociedad que ha perdido referentes morales, Abelardo recuerda con su ejemplo que la familia sigue siendo el núcleo fundamental de la República.
Su amor por los suyos es la raíz de su compromiso con todos los colombianos. Porque quien defiende su hogar con fuerza, defiende también el hogar común: la Patria.
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