04 de diciembre de 2025, 06:55 pm
Hay figuras políticas que sólo aparecen cuando sienten que el terreno se les mueve bajo los pies. Y, según la lectura de Abelardo De La Espriella, en su entrevista con la Revista Semana, Juan Manuel Santos está exactamente en ese punto.
No actúa por altruismo democrático ni por preocupación institucional, actúa porque está asustado, y lo demuestra saliendo a respaldar candidatos que funcionan más como escudos de supervivencia que como proyectos de país.
Un expresidente que solo “aparece”cuando huele amenaza
En la conversación, De La Espriella no se limitó a una crítica. Señaló algo que diversos analistas han advertido en los últimos meses: Santos reaparece cada vez que un liderazgo distinto al suyo o al de su círculo comienza a conectar con el país.
Y los hechos lo respaldan.
En agosto de 2024, por ejemplo, El Tiempo y Semana reportaron su activismo público para impulsar la candidatura de Juan Fernando Cristo en las consultas de centro-izquierda.
No es un secreto: Santos interviene cuando siente que pierde el control del tablero.
La afirmación del precandidato presidencial —“Santos cree que la gente es boba”— no se lanza al vacío. Las cifras muestran un divorcio profundo entre el expresidente y la opinión pública. Su imagen desfavorable cerró su gobierno con un 65 %, según Gallup (2018).
En ese escenario, cada candidato que toque Santos carga un lastre político evidente. De La Espriella lo resume con ironía: “Sólo en su cabeza y en la de su familia cabe que algo que él apoye salga bien”.
Y el punto central es otro: si Santos sale a mover fichas políticas, es porque siente que su arquitectura se derrumba. El fenómeno popular que rodea al líder de Defensores de la Patria—firmas, plazas llenas, crecimiento orgánico— altera la ecuación del santismo. No está acostumbrado a perder control del relato. Y está perdiéndolo.
Un movimiento que no le perdona su historial
La acusación de miedo tiene raíces profundas. De La Espriella representa un proyecto político que ha denunciado, durante años, heridas que muchos colombianos aún no cierran
- La entrada de las Farc a la política sin cumplir penas efectivas, un punto que todavía genera rechazo mayoritario según encuestas del Centro Nacional de Consultoría.
Por eso, cuando De La Espriella afirma que “Santos está asustado”, no es una frase al viento. Es la lectura de un expresidente cuya sombra política se encoge mientras otro liderazgo gana posiciones.
Uno de los puntos más contundentes de la entrevista es cuando Abelardo afirmó que jamás se sentará con Santos.
“Yo nunca me voy a sentar con quienes le han hecho daño a Colombia.”
La política, según la visión de De La Espriella, se está reordenando alrededor de principios, no acuerdos burocráticos. Y eso deja por fuera a Santos, cuyo capital político siempre dependió de pactos, alianzas de élite y operaciones en silencio.
Cuando ese modelo deja de ser funcional, el expresidente recurre a lo único que conoce: promover candidatos que lo protejan. Pero el país cambió. Hoy, esos movimientos no pasan desapercibidos; generan sospecha, no respaldo.
Santos nos robó el no: la herida que sigue abierta
No hay forma de entender el presente político de Colombia sin volver al 2 de octubre de 2016. Ese día, el pueblo habló con una contundencia que la historia registró: el 50,29 % votó NO al acuerdo que Santos insistía en firmar con las Farc.
Ese resultado debió haber sido la expresión soberana de una nación.
Pero no lo fue. El entonces presidente, acompañado por su círculo más estrecho Roy Barreras, Armando Benedetti y otros operadores del establecimiento, decidió pasarse por la faja la voluntad popular y convertir un NO rotundo en un SÍ impuesto.
Ese fue el primer gran acto de ruptura entre las élites y el pueblo, el nacimiento del sentimiento de traición que hasta hoy sigue marcando la conversación pública.
Lo que más molesta al viejo establecimiento y Santos simboliza esa élite de forma perfecta es que el fenómeno De La Espriella no depende de estructuras, sino de gente real.
No es un proyecto de exministros, consultores ni expresidentes; es un proyecto que se construye en las calles, en los municipios, en las firmas, en los actos públicos que llenan plazas sin contratos, buses ni planillas.
Ese contraste explica por qué Santos se inquieta, él representa la política de acuerdos arriba y De La Espriella representa la política del mandato abajo.
Cuando se mezclan ambas visiones, la vieja política pierde. Y lo sabe.
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