16 de febrero de 2026.
En medio de la conversación pública sobre cómo conquistar el llamado “centro político”, el candidato presidencial y líder del movimiento Defensores de la Patria Abelardo De La Espriella optó por cambiar el ángulo del debate: más que hablarle a etiquetas ideológicas, decidió dirigirse directamente a los indecisos.
El punto de partida fue una referencia a la más reciente medición de Atlas Intel, que —según lo expuesto— registró una muestra cercana a 7300 encuestas, una cifra superior a los estándares habituales en Colombia. Más allá del dato técnico, la lectura política fue clara: los indecisos y el voto en blanco se están reduciendo porque el escenario se ha ido polarizando.
Pero el enfoque no fue simplemente estadístico. Fue estratégico.
No es centro vs. derecha: es democracia vs. modelo
La tesis central es que la discusión ya no gira en torno a matices ideológicos tradicionales. En su planteamiento, el escenario se ha convertido en una decisión estructural: democracia o modelo estatista.
Para quienes aún no se han decidido, el mensaje no fue una promesa sectorial ni un guiño programático específico. Fue una invitación a evaluar el riesgo político del momento. Según su narrativa, la elección trasciende simpatías personales y obliga a pensar en la estabilidad institucional.
Es decir, no se trata de si gusta o no el candidato. Se trata —según lo planteado— de cuál proyecto garantiza continuidad democrática y respeto por el Estado de derecho.
Una parte sustantiva del mensaje estuvo orientada a la trayectoria individual. De La Espriella enfatizó su historial sin sanciones penales ni disciplinarias, su ejercicio empresarial, su vida familiar y su apego a la Constitución del 91.
El argumento no es nuevo en política, pero aquí tiene un objetivo concreto: neutralizar la duda moral que suele frenar al votante moderado. En términos simples, busca trasladar la conversación del estilo al carácter.
“Mi vida es pública”, dice el abogado que le hace una invitación al votante indeciso para que revise los antecedentes antes de tomar una decisión basada en percepciones superficiales.
El mensaje al indeciso es pragmático: ¿vale la pena sacrificar una opción política por diferencias estéticas o de estilo? La apuesta es convertir lo que para algunos es irreverencia en cercanía, y lo que para otros es frontalidad en claridad.
Si la contienda —como se plantea— se ha reducido a dos modelos enfrentados, la tarea ahora es persuadir a quienes aún dudan de que su voto no es simplemente una preferencia, sino una definición estructural.
La apuesta es captar a ese segmento que no milita, pero decide elecciones. A quienes no gritan consignas, pero inclinan balanzas.
En esa franja, se juega buena parte del resultado.
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