13 de enero de 2026, 11:25 am
No todo se resuelve con discursos ni con la exposición pública. Hay decisiones silenciosas que terminan definiendo a una persona, y para el precandidato presidencial Abelardo De La Espriella una de las más importantes ha sido entender que el hogar se defiende de todo, incluso de uno mismo.
Durante su conversación con Laura Acuña, el líder del movimiento Defensores de la Patria dejó ver una faceta menos política y más íntima: la de un hombre que asume la vida familiar como un compromiso ético permanente, no como un accesorio del éxito público. Para De La Espriella, la familia no es solo refugio, es responsabilidad, disciplina y autocontrol.
“Ese altar que es el hogar hay que defenderlo de todo, pero sobre todo de uno mismo”, afirmó con contundencia.
En un entorno donde el poder suele justificar excesos, él plantea una idea incómoda, pero necesaria: muchas veces el mayor riesgo para la familia no viene de afuera, sino de las propias decisiones, del ego, de la falta de límites.
La conciencia como punto de quiebre
De La Espriella reconoció estar atravesando un momento de plena conciencia personal. No habló desde la perfección, sino desde la vigilancia constante. “Uno no puede arriesgar esas vainas”, dijo, refiriéndose a aquello que realmente importa. La familia —explicó— no soporta improvisaciones morales ni descuidos disfrazados de normalidad.
Para él, la defensa del hogar implica renuncias claras. No se trata solo de fidelidad en el sentido clásico, sino de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, de no hacer sufrir a quienes se ama por decisiones evitables. “No hay que hacer sufrir a la gente que uno quiere”, insistió, marcando una línea que rara vez se escucha en el discurso público.
Abelardo recordó el inicio de su relación con Ana Lucía. Apenas llevaban días juntos cuando recibió una amenaza grave, un paquete bomba enviado a su oficina. Le habló con franqueza. Le dijo que estaba a tiempo de irse. Ella decidió quedarse.
“Cada vez que hay un chicharrón, tú dijiste que estabas firme y te quedaste”, recordó. No como reproche, sino como reconocimiento. En su visión, el amor no es ingenuo, es una decisión informada que se renueva en la dificultad. Tampoco idealiza el sacrificio ajeno. Reconoce que no ha sido fácil para ella, que acompañar una vida pública y una campaña implica exponerse, crecer, asumir miedos.
Lejos del romanticismo vacío, De La Espriella explicó que esa estabilidad familiar es lo que le permite hoy hacer campaña, recorrer el país y asumir riesgos con serenidad. “Eso te da tranquilidad”, dijo. Tener una compañera sólida y una familia fuerte no es un eslogan, es una estructura que sostiene.
Por eso defendió la familia no como consigna política, sino como núcleo real de la sociedad. “Soy el primer defensor de mi familia, que es mi mayor tesoro”, afirmó. En esa frase se condensa una visión: el liderazgo público empieza por el orden privado. No hay país posible si el hogar está en ruinas, ni autoridad legítima sin coherencia personal.
Más allá de la política
La conversación dejó una idea de fondo que trasciende la coyuntura electoral: la vida no se gana solo en la plaza pública, sino en los espacios donde nadie aplaude. Defender el hogar, para Abelardo De La Espriella, no es un acto pasivo, es una batalla diaria contra las propias debilidades.
En tiempos donde todo se exhibe y poco se cuida, su mensaje apunta en otra dirección: no hay proyecto colectivo sólido si no hay primero carácter, responsabilidad y conciencia en lo más íntimo. Y eso, aunque no dé votos inmediatos, termina marcando la diferencia.
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