Una advertencia estratégica: Los críticos reconocen que Abelardo De La Espriella se ha convertido en el eje del debate político nacional

Por Andrés Caro — Columna publicada originalmente en La Silla Vacía, 11 de octubre de 2025

En su columna ‘Una advertencia estratégica’, publicada en La Silla Vacía, el escritor Andrés Caro intenta explicar un fenómeno que ya nadie puede ignorar: la irrupción política de Abelardo De La Espriella y el desplazamiento del centro hacia su propuesta de autoridad, orden y sentido nacional.

En su intento por advertir sobre un supuesto “riesgo autoritario”, Caro termina confirmando algo más profundo: que el mensaje de Abelardo ha conectado con el ciudadano que la clase dirigente dejó atrás.

Su reflexión parte de una premisa incómoda: el populismo no solo está en el poder, sino que ha comenzado a reconfigurar la oposición.

 

El autor describe a “Juan” y “María”, ciudadanos que votaron por Fajardo, Galán o Claudia López; personas que marcharon por la paz y defendieron causas progresistas, pero que hoy, desencantadas con el rumbo del país, hablan sin reservas de apoyar a De La Espriella.

 

“Ya no creen que un candidato de centro pueda hacer lo que hay que hacer”, escribe Caro. Para ellos, el discurso de “mano dura” suena a promesa de orden, aunque el costo sea alto.

 

El columnista admite —aunque no lo diga abiertamente— que algo cambió. “El centrismo se está moviendo hacia la derecha”, escribe. Y tiene razón: lo que se mueve no es un partido, es el país. La paciencia se agotó.

Mientras el gobierno multiplica discursos y excusas, Abelardo De La Espriella ofrece acción y resultados. Esa diferencia, tan simple como poderosa, explica por qué su figura despierta entusiasmo entre ciudadanos que hace unos años no se identificaban con la derecha.

Caro, sin embargo, no logra desprenderse de los prejuicios de su clase intelectual. Describe a De La Espriella como “teatral” y “melodramático”, sin entender que ese carisma que tanto irrita a la élite bogotana es precisamente lo que lo hace cercano, humano y eficaz en redes y plazas.

 

Más allá de la crítica, el propio texto revela la paradoja que atraviesa el momento político: los mismos que acusan a De La Espriella de polarizar son quienes lo necesitan como antagonista. Caro lo reconoce sin querer: “Es el candidato soñado del petrismo”.

 

Y quizá lo sea, pero no por debilidad, sino porque es el único capaz de enfrentarlo en su propio terreno y ganar. El ensayo de Caro no es, entonces, una advertencia: es una confirmación.

 

Confirma que el país ha dejado de temerle al discurso directo, que la gente ya no busca ideología sino autoridad moral, y que el liderazgo de Abelardo De La Espriella no surge de la rabia, sino del hartazgo con la mentira institucionalizada.

Los críticos de Abelardo De La Espriella siguen describiendo al país desde un escritorio. Pero mientras ellos redactan columnas, él recorre regiones, escucha comunidades y construye una narrativa de orden que no pide permiso para existir.

El Gobierno Petro teme que ese mensaje se vuelva mayoría. Y tiene razón. Porque el poder se ve obligado a reaccionar ante alguien que no le pertenece.

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