Colombia no es ingenua: así identifica a quien viene a hacer patria y no negocio

21 de enero de 2026.

En un momento en el que la política colombiana atraviesa una profunda crisis de credibilidad, marcada por la desconfianza hacia los partidos tradicionales, la fatiga frente a los discursos reciclados y el hastío ante la corrupción, el respaldo ciudadano empieza a moverse por otros carriles.

Ya no es la maquinaria, ni el dinero, ni el aval de los grandes poderes lo que define la conexión con la gente. Es la autenticidad. Y el pueblo colombiano, lejos de ser ingenuo, sabe reconocerla.

Así lo dejó claro el precandidato presidencial Abelardo De La Espriella, al reflexionar sobre por qué un candidato sin trayectoria política tradicional, sin grandes grupos detrás y sin el respaldo de las élites mediáticas logra hoy ubicarse entre los primeros lugares de la conversación nacional.

El error histórico de subestimar al pueblo

Uno de los grandes desaciertos de buena parte de la dirigencia política ha sido asumir que la ciudadanía es manipulable, que vota por inercia o que responde únicamente a la propaganda. Esa idea, repetida durante décadas, empieza a derrumbarse.

“El pueblo no es tonto”, afirmó De La Espriella. Agregó que aunque como cualquier sociedad puede equivocarse, cuando llega el momento de reaccionar, lo hace. Y lo hace con claridad. El respaldo ciudadano no surge por accidente, es una respuesta consciente frente a un sistema político que, para muchos colombianos, ha vivido demasiado tiempo desconectado de la realidad.

Autenticidad frente a política prefabricada

Mientras otros proyectos se construyen desde el cálculo, la estrategia de marketing y el diseño de personajes políticamente correctos, el fenómeno alrededor de De La Espriella se apoya en una premisa distinta: mostrarse tal como es.

En un escenario donde abundan los candidatos moldeados por asesores, encuestas y focus groups, la ausencia de artificio se convierte en un factor diferencial. No hay un personaje creado para agradar; hay una postura clara, un discurso frontal y una narrativa que no busca agradar a todos, sino hablarle de frente al país.

Esa coherencia, lejos de restar, suma. La gente identifica rápidamente cuándo alguien viene a “hacer política” y cuándo alguien dice venir a “hacer patria”.

Otro elemento que explica esta conexión es la distancia real frente a la casta política. No se trata de un discurso vacío contra el establecimiento, sino de hechos verificables: ausencia de herencias políticas, independencia financiera y una trayectoria construida fuera del Estado.

Mientras muchos aspirantes han pasado su vida profesional “pegados a la teta del Estado”, como él mismo lo expresó, el líder de Defensores de la Patria insiste en que nadie le regaló su camino. No heredó una firma, no recibió una estructura armada, no fue ungido por partidos tradicionales. La construyó.

Frente a eso, el discurso de “no vine a hacer plata, vine a hacer patria” conecta porque responde a una herida abierta. El país ha visto cómo proyectos políticos enteros terminan reducidos a contratos, favores y cuotas burocráticas. La promesa de una motivación distinta, respaldada por una vida profesional ajena a la política, se vuelve creíble.

El respaldo popular como termómetro real

Que un candidato sin el favor de los grandes medios, sin estructuras tradicionales y sin financiación de grandes capitales logre posicionarse en los primeros lugares de conversación no es casualidad. Es una señal.

La gente se conectó con el mensaje porque lo reconoce como auténtico. Porque no percibe oportunismo, sino convicción. Porque ve coherencia entre lo que se dice y lo que se ha hecho. Y porque entiende que, en un momento crítico para la República, la determinación importa tanto como la experiencia.

El pueblo decide cuando la verdad incomoda

Colombia no es ingenua. Puede equivocarse, como cualquier democracia, pero sabe identificar cuándo un discurso nace del cálculo y cuándo nace de la convicción. Sabe diferenciar entre quien busca acomodarse al poder y quien está dispuesto a confrontarlo.

Porque al final, más allá de ideologías, maquinarias o etiquetas, hay una verdad simple que la gente entiende mejor que muchos políticos: la patria no se administra como un negocio, se defiende como una causa.

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