Abelardo De La Espriella asegura que no existe una distancia entre el personaje público y el hombre privado. En entrevista, confesó que lo que más disfruta de la política no son los micrófonos ni los titulares, sino el contacto directo con la gente.
Recordó su participación en la marcha en favor del expresidente Álvaro Uribe, realizada en Medellín, como una experiencia que le recargó el espíritu: “Es impresionante el cariño de la gente, el afecto, el reconocimiento porque uno está haciendo algo por salvar al país. Eso me alimenta el alma y me pone la batería en verde para seguir dando la pelea”, dijo.
De La Espriella reconoció que, contrario a lo que sus detractores podrían pensar, disfruta ese contacto popular que le da fuerza e inspiración para persistir en su cruzada política. “Me encanta encontrarme con la gente. Esa vaina me recarga”, afirmó.
Pero también dejó claro que, al cerrar la puerta de su casa, no se convierte en otro. Allí, lejos de los escenarios públicos, se refugia en su faceta más íntima: la de esposo y padre. “Chévere poderme acostar en un chinchorro abrazado con mi mujer y leer un buen libro”, relató con orgullo.
La vida privada de De La Espriella está marcada por la sencillez: disfrutar de sus hijos, compartir con amigos una cerveza o un ron “Defensor bien sabroso”, conversar y reír. Una cotidianidad que, según él, lo enriquece tanto como su carrera pública.
Sus críticos lo han tildado de “showman”, de alguien que construye una narrativa para las cámaras. Pero lo que se muestra en sus palabras es otra cosa, un hombre que se reconoce en la intimidad con la misma fuerza con la que habla en las plazas.
El líder combativo que promete mano dura contra la criminalidad es el mismo padre que se emociona con su hija en una hamaca. No hay dobleces, no hay personaje: De La Espriella es uno solo, en lo público y en lo privado.