Lejos de lo que puedan decir sus detractores Abelardo De La Espriella tiene, en su visión política y personal, un pilar innegociable: el amor por la naturaleza. “Yo nunca he botado un papel, nunca he contaminado un río. Soy un tipo que ama la naturaleza”..
De La Espriella explicó que su relación con el medio ambiente no es oportunista ni de campaña, sino un principio de vida inspirado en la filosofía estoica: “Si tú quieres ser un verdadero estoico, tienes que actuar conforme a la naturaleza. Tienes que encajar con ella, no afectarla ni contaminarla”.
Ese enfoque filosófico lo ha llevado a plantear una defensa del equilibrio: sí a la explotación responsable de los recursos naturales, pero siempre con respeto al medio ambiente. “Claro que vamos a hacer minería, pero responsable”, puntualizó.
Así mismo, reconoció que Colombia no puede darse el lujo de renunciar a sus riquezas del subsuelo, pero tampoco debe hacerlo a costa de la destrucción ambiental.
El mensaje de De La Espriella conecta con un clamor global y local, la necesidad de desarrollo sostenible. En un país donde los debates ambientales suelen polarizarse entre quienes piden detener toda actividad extractiva y quienes promueven la explotación sin límites, el líder de Defensores de la Patria se ubica en un punto de firmeza: crecimiento económico sí, pero sin traicionar a la naturaleza.
No es casualidad que haya usado la palabra “amor” al referirse al medio ambiente. Para Abelardo, defenderlo no es un trámite burocrático, es una convicción personal que quiere llevar al poder.
En tiempos en que los discursos verdes suelen sonar impostados, él busca marcar diferencia desde lo cotidiano, desde no botar un papel en la calle hasta promover políticas de minería responsable.
Y es aquí donde marca distancia con el discurso oficialista. Mientras Gustavo Petro predica una “transición energética” que ha paralizado la inversión en hidrocarburos y ha ahuyentado capitales sin ofrecer alternativas claras, De La Espriella propone un modelo pragmático: proteger el medio ambiente sin frenar el desarrollo. No más relatos verdes que empobrecen al país; Colombia necesita realismo, no retórica.
Su mensaje queda claro, el desarrollo del país no puede estar reñido con la protección de la naturaleza. En su visión, Colombia debe crecer con respeto, demostrar que se puede generar riqueza sin hipotecar el futuro ambiental de las próximas generaciones.