Una candidatura distinta: libre, sin jefes y guiada por Dios y el pueblo

Quienes asistieron a la Convención Nacional de Defensores de la Patria fueron testigos de un momento que marcó la esencia de esta campaña. Abelardo De La Espriella recordó que poner su nombre a consideración del pueblo no fue un impulso, sino una decisión interior. Una pregunta lo guió: ¿cómo construir una aspiración distinta a todo lo que la política tradicional representa?

La respuesta no vino de estrategas ni de consultores. Vino de la conciencia moral: “Entender al pueblo, ponerse en sus zapatos, actuar siempre con Dios por delante y sentir un amor infinito por Colombia y su gente”.

Con esa claridad, De La Espriella definió la naturaleza de su aspiración: auténtica, sencilla, profundamente humana y libre de la teatralidad que caracteriza a muchos candidatos.

Una libertad que no se negocia

“Yo soy libre”. La frase, dicha sin adornos, retumbó en el Movistar. Libre de jefes, libre de presiones, libre de la élite que compra conciencias y negocia el país como si fuera mercancía. “No tengo jefes distintos a ustedes”, afirmó, y es que en más de una ocasión ha dejado claro que no le debe favores a nadie y ha autofinanciado su campaña presidencial.

Esa libertad, explicó, no es simbólica: es operativa. Por eso esta campaña no pide plata ni recibe aportes de grupos económicos. Es autofinanciada, sostenida por manos trabajadoras que donan tiempo, talento y sacrificio para que un proyecto distinto sea posible.

La lista de lo que los Defensores de la Patria han hecho sin esperar nada a cambio habla por sí sola: recoger firmas bajo el sol, organizar reuniones en barrios y veredas, confeccionar camisetas, levantar vallas, compartir contenido en redes, viajar kilómetros para difundir el mensaje.

Todo eso forma una candidatura que no tiene otro dueño que el pueblo. No hay contratos a la sombra, no hay operadores, no hay clanes detrás. Lo que hay es una comunidad. Nación. Voluntad.

Por eso comparó su aspiración con el cóndor del escudo nacional: independiente, soberano, indomable. “Libre de yugos y de las presiones de las élites que venden el país al mejor postor”. Esa metáfora definió el espíritu de la noche.

En un país acostumbrado a ver candidaturas nacidas desde arriba, De la Espriella recordó que la suya nació desde abajo.
“Hoy voces del campo, del comercio, de la industria, de la fe, de la juventud, de las mujeres aguerridas y de los patriotas me ungen como su candidato”, expresó.

En la parte más emotiva del discurso, afirmó. “Ustedes y yo somos uno solo”.
No fue una frase poética, sino una declaración política: esta campaña no se concibe como un liderazgo vertical, sino como una alianza espiritual entre un país que desea levantarse y un candidato dispuesto a cargar con la responsabilidad histórica.

Ese pacto tiene un objetivo claro: defender a Colombia del poder que ha profanado el altar de la República, que ha entregado territorios al crimen y que ha intentado destruir la moral pública.

Un aviso a los traidores de la República. 

El precandidato no dejó espacio para ambigüedades: “Vine a enfrentarlos, a derrotarlos y a llevar hasta las últimas consecuencias jurídicas sus innumerables crímenes”.

No habló de adversarios políticos, sino de quienes traicionaron la Patria desde el poder; de quienes cambiaron orden por caos, moral por impunidad y justicia por corrupción.

Fue un mensaje directo para quienes creyeron que Colombia seguiría dormida: esta vez, el pueblo no solo despertó; eligió libremente a quien quiere al frente.

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