Sin disfraces ni libreto: Abelardo De La Espriella se muestra tal como es

16 de enero de 2026.

En un escenario político acostumbrado a candidatos diseñados en laboratorios de comunicación, discursos calculados y personajes prefabricados, el precandidato presidencial Abelardo De La Espriella sostiene que su mayor fortaleza ha sido no tener que fingir nada.


Para él, el éxito de esta campaña no se explica por una estrategia artificial, sino por la originalidad de presentarse ante el país como realmente es, con su carácter, su lenguaje directo y su visión sin filtros. “Aquí no hubo que armar un personaje ni fabricar un candidato”, dice mientras explica que su trayectoria pública y privada es la misma que hoy muestra en la arena política.


La originalidad como capital político


De La Espriella contrastó su experiencia con la de muchos candidatos que ha visto a lo largo de los años, figuras construidas para una coyuntura electoral, diseñadas para agradar encuestas o encajar en moldes ideológicos. En su caso, asegura que no hubo necesidad de ajustar su personalidad ni suavizar su discurso para entrar en campaña.


Esa coherencia, según explica, ha generado una relación más honesta con la ciudadanía. La gente no se encuentra con un político que promete ser alguien distinto después de ganar, sino con una persona que ya es lo que dice ser. Esa consistencia ha sido clave para conectar con sectores que desconfían profundamente de la política tradicional.


El líder de Defensores de la Patria abordó sin rodeos los ataques que ha recibido desde que entró a la contienda presidencial. Recordó una frase del doctor Álvaro Gómez Hurtado, “en política pueden decirte cualquier cosa, menos ladrón”. Sin embargo, reconoció que incluso ese límite ha sido cruzado en su contra.

Ha sido señalado de mafioso, de ‘paraco’, de filipichín, se burlan de su vestuario, de cómo habla y ha recibido múltiples calificativos que —según él— no tienen sustento alguno. Pero lejos de victimizarse, De La Espriella afirmó que esos ataques le resbalan. No porque los ignore, sino porque entiende que lo que está en juego es mucho más grande que su reputación personal: la democracia colombiana.


Fortaleza para hacer política


Para el aspirante, entrar a la política exige una fortaleza emocional que no todos tienen. A su juicio, quien no tenga “cuero” para soportar ataques, desinformación y campañas de desprestigio, no tiene la inteligencia emocional necesaria para asumir una contienda presidencial.

Desde esa perspectiva, explicó que su actitud frente a la campaña ha sido estoica. No ha vivido este proceso como un sacrificio personal sino como una experiencia que incluso disfruta. Mientras —según dice— otros sufren, él se mantiene firme, convencido de que el desgaste emocional no puede convertirse en un obstáculo cuando el objetivo es defender la democracia.


En sus recorridos por el país, asegura haber encontrado historias de vida que lo impactan profundamente: personas que empezaron de cero, emprendedores que levantaron empresas desde la nada, familias que han salido adelante pese a las dificultades. Ese encuentro constante con la realidad del país es, según él, una fuente de energía espiritual.


Abelardo explicó que ha entendido algo que antes solo veía desde afuera: el valor del cariño genuino de la gente. Relató que al hablar con líderes históricos aprendió que el afecto ciudadano no es un detalle menor, sino el combustible que permite resistir el desgaste de la vida pública.


Ese respaldo —no organizado ni comprado, sino espontáneo— es el que, según él, da fuerzas para continuar. Es un vínculo que no se construye con marketing, sino con presencia, coherencia y franqueza. Para De La Espriella, ese lazo es una de las señales más claras de que su campaña está tocando fibras reales en la sociedad.


Todos unidos por Colombia


Finalmente, destacó que en esta causa ha encontrado personas de distintas creencias y trayectorias: cristianos, católicos, judíos y ciudadanos sin afiliación religiosa, unidos no por una ideología rígida, sino por convicción. Esa diversidad reafirma su idea de que la campaña no gira en torno a un hombre, sino a un propósito común.


En un panorama político saturado de discursos vacíos y candidatos diseñados para agradar, Abelardo De La Espriella plantea una apuesta distinta: mostrarse tal como es, asumir el costo de la autenticidad y confiar en que la verdad, aunque incómoda, sigue siendo una fuerza política poderosa.


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