Hay verdades que se disfrazan con discursos, pero que el pueblo ya no se traga. Una de ellas es la idea de que los llamados ‘procesos de paz’ han traído tranquilidad a Colombia. Lo cierto es que no han servido. Ni uno solo de esos acuerdos ha devuelto la seguridad a las calles, ni la confianza a los ciudadanos. Lo único que han producido son nuevas siglas, nuevos grupos y nuevas víctimas.
Durante décadas, la clase política ha hecho de la paz un negocio rentable: curules, presupuestos, viajes y aplausos internacionales. Mientras tanto, los campesinos siguen enterrando a sus hijos y los colombianos de bien viven encerrados por miedo. Abelardo De La Espriella, líder de Defensores de La Patria, no teme decir lo que muchos piensan y pocos se atreven a pronunciar: “la paz no se negocia, la paz se impone con la fuerza de las armas y las leyes de la República”.
La historia lo demuestra. El único proceso que funcionó en Colombia fue el que lideró el presidente Álvaro Uribe con los paramilitares. Y no porque hubiera complacencia o acuerdos secretos, sino porque hubo autoridad. Los sometió, los extraditó y los encarceló. Eso no fue un proceso de paz: fue la aplicación firme de la ley. De resto, lo que vino después —desde el pacto con las Farc hasta las concesiones disfrazadas de diálogo— ha sido un desfile de impunidad.
Abelardo lo llama por su nombre: “El proceso del demonio de Juan Manuel Santos”. Un acuerdo que le entregó curules en el Congreso a criminales de lesa humanidad y que convirtió el dolor de las víctimas en un trofeo político. Un acuerdo que desconoció la voluntad popular expresada en el plebiscito, cuando el pueblo colombiano dijo NO a esa farsa. Todo gracias a un invento jurídico del entonces fiscal Eduardo Montealegre, el famoso fast track, que atropelló la democracia y burló al país entero.
Mientras los terroristas legislan y gozan de impunidad en la JEP, colombianos inocentes pagan cárcel por defender la patria. Abelardo no está dispuesto a tolerar esa injusticia. Ha llegado el momento de restaurar el equilibrio moral: quien tomó las armas contra la Nación debe responder ante la justicia, no sentarse a escribir leyes.
Colombia necesita volver a creer en el orden. No hay progreso posible en un país donde el Estado negocia con los criminales y abandona a los honestos. La paz no se construye con concesiones, sino con autoridad, disciplina y justicia. Por eso, De La Espriella propone una política de mano de hierro que devuelva la seguridad al territorio y la dignidad a la República.
Su estrategia parte de una premisa clara: el narcotráfico es la raíz de toda violencia. Mientras haya coca, habrá armas, extorsión, secuestros y corrupción. Abelardo plantea una guerra frontal contra ese negocio maldito, con inteligencia, tecnología y cooperación internacional. No más ambigüedad, no más complacencia. El que persista en el crimen, conocerá la fuerza legítima del Estado.
Los colombianos no pueden seguir pagando con su sangre los experimentos fallidos de los gobiernos débiles. La hora de los pactos con delincuentes se acabó. Ha llegado el tiempo de imponer el orden, de rescatar el honor y de proteger a los millones de ciudadanos que solo piden vivir sin miedo.
Abelardo De La Espriella no promete una paz de papel, sino una paz real: aquella que nace del respeto a la ley, del castigo al criminal y de la defensa inquebrantable de la patria.
Ha llegado para liberar a Colombia de sus tragedias, con autoridad, disciplina y fe en Dios. No esperes más y únete al Ejército de Defensores de la Patria.