La incoherencia del petrismo frente a Matador

13 de enero de 2026, 08:35 pm

El petrismo ha construido buena parte de su relato político sobre la defensa de los derechos de las mujeres, el rechazo a la violencia de género y un feminismo que se presenta como pilar moral de su proyecto. Sin embargo, ese discurso vuelve a resquebrajarse cuando uno de sus personajes más visibles incurre en ataques misóginos abiertos y la reacción del movimiento es el silencio, la evasión o la complicidad pasiva.

El caso del caricaturista conocido como Matador no es menor. A través de redes sociales lanzó un ataque contra Paloma Valencia, utilizando su cuerpo como objeto de burla y desprecio, una práctica que nada tiene que ver con la sátira política y sí mucho con la violencia simbólica contra las mujeres. No fue una crítica a una idea, a una postura o a una propuesta: fue un ataque personal, degradante y profundamente misógino.

El precandidato presidencial Abelardo De La Espriella, fue categórico: “Lo que ha hecho Matador es inaceptable y debería ser objeto no solo de un proceso judicial, sino de la expulsión de las filas del petrismo”.

El límite entre la crítica y la agresión

La caricatura política tiene una larga tradición como herramienta de crítica al poder. Pero esa tradición se rompe cuando el “humor” deja de cuestionar ideas y se convierte en un instrumento para humillar, deshumanizar y reforzar estereotipos. En este caso, no hubo ingenio ni denuncia: hubo burla corporal, lenguaje degradante y desprecio explícito.

Llamar a eso “libertad de expresión” es una coartada cómoda. La libertad de expresión no protege la misoginia, y mucho menos cuando esta se ejerce desde plataformas amplificadas por un proyecto político que dice combatir precisamente esas violencias.

Lo más grave no es solo el ataque, sino la reacción —o la falta de ella— del petrismo. No hubo un rechazo contundente, no hubo una sanción política, no hubo un deslinde claro. El movimiento que exige cancelaciones, expulsiones y condenas públicas cuando el agresor está en la orilla contraria, optó aquí por mirar hacia otro lado.

Ese silencio no es neutral. Es una toma de posición. Y revela una verdad incómoda: el feminismo del petrismo parece ser selectivo, aplicado sólo cuando sirve como arma contra el adversario, pero relativizado cuando el agresor es “de los propios”.

Una contradicción estructural

Este episodio deja en evidencia una contradicción de fondo. No se puede predicar un feminismo radical mientras se protege —o se tolera— a figuras que ejercen violencia simbólica contra las mujeres. No se puede hablar de “nuevas éticas políticas” mientras se normalizan prácticas que históricamente han sido usadas para excluir y humillar.

Si el petrismo realmente cree en la defensa de las mujeres, debería actuar en consecuencia. Y eso implica una decisión clara: Matador no debería tener cabida en un movimiento que se dice feminista. La expulsión no sería censura; sería coherencia.

La solidaridad expresada por el líder de Defensores de la Patria hacia Paloma Valencia no es un gesto partidista. Es una defensa básica de la democracia y del debate público. Ninguna mujer —sea cual sea su ideología— debe ser atacada por su cuerpo, su apariencia o su condición personal. El debate político se fortalece con argumentos, no con agresiones.

El petrismo está ante una disyuntiva clara: o sostiene su narrativa feminista con hechos, o acepta que esa bandera es solo retórica conveniente. No hay punto medio.

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