Solo quiero pedir un poco de transparencia en la interpretación de los resultados electorales. No quiero pelear con las personas del Centro Democrático. De allá vienen mis convicciones. Allá tengo a mis amigos.
Pero precisamente por eso levanto la mano: quizá el electorado merece una pequeña dosis de verdad en la lectura de lo ocurrido. Porque está mal construir una narrativa política apoyada en una ligera —aunque efectiva— manipulación.
El quid del asunto es sencillo: ante los resultados de las encuestas y el apabullante crecimiento de Abelardo en la derecha, el presidente Uribe no sacó a votar a sus electores por Paloma Valencia. Los sacó a votar para demostrar la fuerza de la derecha frente a Cepeda y para escenificar la unidad de este lado del electorado.
Los políticos, los influenciadores y los operadores de opinión nunca dijeron: “votemos por Paloma y por sus capacidades”. El mensaje subrepticio fue otro: “votemos para no vernos débiles frente a Cepeda”. Más aún: el mensaje implícito era “apoyemos una vez más al presidente Uribe y no lo dejemos solo”. En ningún momento el eje emocional de la convocatoria fue Paloma.
Para el electorado que hoy acompaña a Abelardo de la Espriella apareció entonces una duda legítima: “¿si voto en la consulta por Paloma, dejo de apoyar a Abelardo?”. La respuesta comunicacional del Centro Democrático fue simple y eficaz: “No. Después puedes votar por Abelardo. Él no está en consulta. Esta vez apoya a Uribe y luego, en primera vuelta, podrás votar por el Tigre”.
Para el elector fue una ecuación muy sencilla: podía seguir apoyando a Abelardo y, al mismo tiempo, en esta ocasión, no abandonar a Uribe y demostrar la fuerza de la derecha. El mensaje fue casi paternal: “esta vez acompáñennos a nosotros, a Uribe; después, en primera vuelta, podrán votar por el Tigre”.
Hasta la víspera se nos repetía —con la paciencia pedagógica de quien tranquiliza a un niño— que votar en la consulta no implicaba abandonar a Abelardo. Que el Tigre no estaba en juego. Que aquello era apenas un gesto táctico: mostrar la fuerza de la derecha frente a Cepeda, acompañar al presidente Uribe, exhibir unidad. Nada más. Un acto casi ceremonial, una fotografía de familia feliz.
Pero cerradas las urnas ocurrió la pirueta, la metamorfosis del voto: los mismos votos que eran circunstanciales y tácticos —los votos que supuestamente no comprometían a nadie— pasaron a ser, de repente, la prueba científica de que Abelardo no es viable y de que Paloma es la única opción posible de la derecha.
De modo que la estrategia fue sencilla y, hay que admitirlo, bastante eficaz: primero se pidió el voto diciendo que no era un voto por Paloma, sino un gesto de unidad contra Cepeda; y luego, con esos mismos votos, se proclamó que Paloma había derrotado a todo el resto de la derecha.
Más sencillo aún, como en un teatro de niños: primera escena: “voten tranquilos, Abelardo no está en consulta”; segunda escena: “con estos votos ya quedó claro que Abelardo no existe”.
¿De verdad creen que el elector no ve la trampa? Es una operación política curiosa: se invita a los electores de Abelardo a prestar sus votos para demostrar la fuerza de la derecha, y cuando esos votos llegan a la urna se transforman en el argumento perfecto para declarar que la derecha ya escogió a Paloma.
Así, con una pequeña alquimia narrativa, el voto táctico se convierte en voto definitivo, el gesto de unidad en coronación anticipada, y Abelardo—que ni siquiera estaba en el tarjetón— aparece súbitamente derrotado.
Lo admirable no es la maniobra. Maniobras hay en toda política. Lo admirable es la velocidad del truco. Porque en cuestión de horas el mensaje pasó de “Abelardo no está en juego” a “Abelardo ya no es viable”. Y todo, curiosamente, con los mismos votos.
Muchos electores actuaron de buena fe. Pensaron que estaban participando en una demostración de fuerza política sin afectar su convicción original. Creyeron que contribuían a una fotografía colectiva de la derecha sin alterar el tablero real de la contienda presidencial.
La maniobra es ingeniosa, no lo niego. Pero también es profundamente problemática. Porque si el elector fue persuadido bajo la premisa de que su voto no comprometía su preferencia presidencial, resulta por lo menos intelectualmente deshonesto utilizar ese mismo voto como argumento para invalidar esa preferencia. Dicho sin rodeos: primero se les dijo a los electores de Abelardo que no estaban dejando de votar por él. Y después se utilizó ese mismo voto para afirmar que ya no tiene viabilidad política.
Eso no es una lectura de los resultados. Es una operación narrativa. Y las operaciones narrativas, cuando se construyen sobre premisas que el propio mensaje electoral había negado horas antes, terminan pareciéndose mucho a lo que siempre hemos criticado en la política: una forma elegante de manipulación.
Pero la realidad, que suele ser menos maleable que las narrativas de campaña, sigue siendo tozuda. Paloma sigue siendo la misma de antes de la consulta: una candidatura que hoy se infla con el aire de una pequeña trampa interpretativa, pero que no por eso cambia su naturaleza. Sigue siendo una figura que no logra conectar con el electorado, una candidata frente a la cual muchos votantes sienten más prevención que entusiasmo. No es casualidad: para buena parte de ese electorado Paloma se parece más a Duque que a Uribe. Y en ese contraste —que el votante percibe con claridad— radica la desconfianza que su candidatura nunca ha logrado disipar.
A las bases del uribismo solo quiero decirles algo con serenidad y sin estridencias: tranquilos. Seguimos aquí, en el mismo lugar en el que siempre hemos estado, defendiendo la patria y las convicciones que nos trajeron hasta este punto. Nada de lo esencial ha cambiado.
Por eso conviene decirlo con claridad y sin ansiedad: Paloma no es.
SEBASTIÁN BUILES VARGAS