¿A quién favorece el mensaje de José Obdulio Gaviria? No vale la pena dar rodeos: su juego político acaba beneficiando a quien menos debería. En el pasado sirvió — consciente o no— a Juan Manuel Santos y a Iván Duque. La pregunta es inevitable: ¿a quién está sirviendo esta vez?
Todo esto tiene una explicación. ¿Por qué el ideólogo del Centro Democrático, quien defendió a ultranza la disciplina de partido, se ha convertido hoy en su primer ingrato? José Obdulio quiere hacer creer que su actitud responde a la rebeldía que lo caracteriza, pero la verdad es más simple, más pueril, más vanidosa: no soporta no incidir, no puede aceptar no ser escuchado y el peso de la necesidad de seguir sintiéndose indispensable es mayor que su legado.
Y es que su panorama explica su actitud. En la campaña que hoy lidera las preferencias dentro del Centro Democrático —la de María Fernanda Cabal— José Obdulio carece de representatividad. No pesa en las decisiones ni es escuchado: las viejas rencillas con ella y con José Félix Lafaurie lo condenaron al margen. Tampoco muestra interés en respaldar a sus coequiperos, a sus coterráneos ni a quienes, con disciplina y convicción, han defendido en las calles las ideas que él escribió en sus libros: Paola y Andrés. Por otra parte, no encuentra interesante al padre del candidato vilmente asesinado, Miguel, quien fuera su propio candidato. Con Paloma, simplemente, no lo une nada.
Su problema no es haber elegido “un candidato preparado”, Pinzón, así provenga del santismo. Su verdadero problema es más elemental: llegó a una campaña donde lo oyen por descarte, porque no hay a quién más escuchar. Y por ese mínimo destello de vanidad —el eco que aún le queda—, el gran José Obdulio parece dispuesto a entregar, otra vez, el país a Santos. Vaya disparate: se refugia en el único espacio donde todavía lo escuchan, el de una candidatura que compra la atención del país a punta de pauta y publicidad en redes.
Lo paradójico —y quizá lo más triste— es ver al arquitecto de los Consejos Comunitarios, al teórico de la credibilidad popular y al predicador de la disciplina uribista, convertido hoy en promotor de candidatos de “centro”. Sí, de ese centro que huele más a Santos que a Uribe, más a Roy Barreras que a María Fernanda Cabal. El
hombre que un día quiso fundar doctrina, hoy se dedica a administrarle aplausos al adversario ideológico que tanto combatió.
Y más aún: quien ayudó a construir aquella célebre teoría del Estado de Opinión — según la cual los órganos del poder público deben responder ante la mirada vigilante de la ciudadanía— hoy parece haber olvidado su propio credo. Esa idea que, en palabras de Álvaro Uribe, exigía respeto por la opinión como fundamento de las virtudes democráticas y de la independencia de los poderes, se marchita precisamente en quien más la proclamó.
Y es respetable que lo haga; al fin y al cabo, es un viejo zorro de la política, y muchos lo hemos admirado. Pero lo verdaderamente desconcertante —por no decir paradójico— es que su estrategia sea atacar justo al candidato que más fiel resulta a las ideas que él mismo predicó. Resulta casi trágico que quien diseñó la gramática del uribismo, quien levantó sus cimientos doctrinales y le dio a las bases un lenguaje de identidad, se ensañe hoy contra quien habla en esa misma lengua. Aquel que, sin haber pasado por su despacho ni rendirle pleitesía, representa con mayor pureza todo aquello que durante años José Obdulio convirtió en doctrina.
El absurdo es mayúsculo: no enfrenta a un contradictor ideológico, y en lugar de reconocer esa coherencia extrema, la combate, como si ver encarnadas sus propias ideas en otro fuera una afrenta.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿todo lo que durante veinticinco años defendió con vehemencia frente al uribismo hoy no vale un peso, solo por la frustración de no poder incidir? En el fondo, José Obdulio no está traicionando al Centro Democrático: está traicionando su propia obra, sus libros, sus discursos y esa doctrina que alguna vez lo hizo imprescindible.
El mensaje —su mensaje— fue claro, querido José. Ya no importa el mensajero. El uribismo que ayudaste a fundar —ese que moldeaste con doctrina, verbo y poder— ya no te necesita para pensar ni para pelear. Puede mirarte de frente, sin rencor, pero con la certeza de que te perdiste en el laberinto de tu propio ego. Porque no hay deslealtad más grave que la del ideólogo que, incapaz de mandar, prefiere incendiar su templo antes que aceptar que ya no es su dios.
SEBASTIÁN BUILES VARGAS