13 de enero de 2026, 04:35 pm
Para Abelardo De La Espriella, la Presidencia no puede convertirse en una agenda de viajes mientras el país arde por dentro. Su planteamiento es directo y rompe con una tradición arraigada en la política colombiana: quien lo acompañe en la Vicepresidencia deberá asumir también el rol de canciller de la República.
La razón no es simbólica ni protocolaria. Es estratégica. Mientras su vicepresidente o vicepresidenta se encarga del lobby internacional y de la relación con el mundo, él asegura que estará en el territorio, enfrentando los problemas estructurales del país junto a la gente.
“Yo no voy a poder hacer ese lobby internacional porque voy a estar en los pueblos”, afirmó y de pasó dejó claro que su prioridad no será la diplomacia de salón sino la presencia efectiva del Estado donde hoy no existe.
Menos foros, más país
De La Espriella cuestionó la lógica de gobernar desde escenarios internacionales cuando los problemas internos siguen sin resolverse. Para explicarlo, recurrió a una metáfora sencilla, pero contundente: “Eso equivale a querer arreglarle la pelea al vecino con la mujer cuando la de uno lleva tres meses sin hablarle”.
En su visión, Colombia no necesita un presidente que “farolee por el mundo”, sino uno que se haga cargo de la realidad nacional. Y esa realidad exige presencia constante, decisiones difíciles y contacto directo con los ciudadanos.
Por eso fue enfático: no se impondrá una “camisa de fuerza” que lo obligue a recorrer el mundo por inercia diplomática. Su papel, como jefe de Estado y de gobierno, será otro.
La prioridad: pobreza, seguridad y territorio
El diagnóstico que plantea es claro. Mientras millones de colombianos se acuestan con una sola comida, mientras departamentos enteros están tomados por la criminalidad y el Estado no aparece, no hay justificación para una Presidencia ausente del territorio.
“¿Qué hago yo viajando por el mundo cuando tengo 20 millones de compatriotas en la pobreza?”, se preguntó. La frase resume su jerarquía de prioridades: primero resolver la casa, luego salir a hablar con los vecinos.
En esa misma línea, señaló la urgencia de ampliar la frontera agrícola —que hoy ronda apenas el 9 %— como una apuesta clave para combatir la pobreza, dinamizar la economía y convertir a Colombia en un referente agroindustrial. Ese trabajo, insistió, no se hace desde aviones ni hoteles, sino en el terreno.
La propuesta de un vicepresidente-canciller no es improvisada. Responde a una idea concreta de organización del poder: dividir responsabilidades para que el país no se detenga ni hacia adentro ni hacia afuera.
Mientras la Cancillería se fortalece con una figura de alto peso político encargada de las relaciones internacionales, la Presidencia se concentra en gobernar, ejercer autoridad y reconstruir la presencia del Estado en las regiones más golpeadas.
“Quiero ser un jefe de Estado, un jefe de gobierno y un padre de la nación responsable”, afirmó. En esa definición cabe todo su planteamiento: autoridad, cercanía y responsabilidad.
La propuesta deja un mensaje inequívoco en medio de la carrera presidencial, Colombia no necesita un presidente itinerante, sino uno presente. La política exterior es importante, pero no puede convertirse en excusa para la desconexión con la realidad nacional.
Con este planteamiento, Abelardo De La Espriella pone sobre la mesa un modelo de gobierno que prioriza el territorio, redefine los roles del poder ejecutivo y plantea una ruptura con la forma tradicional de ejercer la Presidencia.
Una apuesta que, más allá de lo simbólico, busca responder a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿dónde debe estar el presidente cuando el país más lo necesita?
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