Por: Fernando Alvarez
Si Abelardo de la Espriella no representara una amenaza real para los demás aspirantes a la presidencia no existirían tantos esfuerzos de tirios y troyanos por mostrarlo como un peligro para Colombia, no se sabe para qué ni por qué, pero por todos los medios se intenta hacer sentir esa preocupación latente y se muestra como si fuera de alto riesgo. Nadie sabe exactamente cuál es el origen del pánico, como sucedería en el caso de Iván Cepeda a quien expresamente le temen empresarios, demócratas y defensores de la propiedad privada. De la Espriella es una especie de peligro abstracto, una amenaza indeterminada que ha alborotado tanto a candidatos rivales como a periodistas con inclinaciones izquierdistas, quienes se han limitado a describirlo adjetivamente como un personaje gris o a retratarlo como un ser malintencionado sin lograr convencer a nadie de ningún hecho concreto que logre ilustrar sobre el significado del particular miedo que debería producir.
El hecho de que Abelardo se haya convertido en un fenómeno popular en tan poco tiempo lo ha convertido en una verdadera amenaza, no solo para el gobierno izquierdista de Gustavo Petro, que no oculta su interés en meter basa en las elecciones para dejar a su heredero en el trono, sino para aquellos que por tradición y costumbre se sienten destinados por la providencia para ocupar el solio de Bolívar, por aquello de la meritoaristocracia. Esto ha llevado a sus contradictores a buscarle el quiebre hasta con la linterna de Diógenes para tratar de encontrar algo turbio en su pasado o ver si existe algún hecho que lo pueda haber dejado mal parqueado desde el punto de vista profesional. Se han lanzado voraces a desempolvar conflictos con sus antiguos clientes como abogado, pero no han encontrado una sola evidencia o una acusación precisa que indique un peligro inminente para los colombianos. Y todos a una se han estrellado con una cruda realidad en la que es físicamente imposible configurar una conducta delictiva o una actuación ilegal del candidato puntero en las encuestas.
Y como es usual cuando no hay argumentos contundentes se ha terminado por recurrir al problema ético, que desde luego los mete en el terreno gaseoso y subjetivo de discutir por qué defendió a tal o cual criminal o por qué cobró tal o cual suma, y sin darse cuenta en coro han caído en el resbaladero de cuestionar la iniciativa privada que hace perfecta armonía con el discurso mamerto al que muchos colombianos le temen. Hoy la gente solo entiende que Abelardo de la Espriella tiene enemigos en el gobierno y en la oposición y sin proponérselo le ha quitado ese espacio a cualquier opción de centro. No es un centrista filosófico ni mucho menos un tibio político pero sus detractores lo han graduado como una tercera vía entre los que quieren el continuismo petrista y los opositores al gobierno Petro. Sí a esto se suma que su modelo económico no atenta ni contra los trabajadores ni contra los patronos, su modelo social no excluye a ninguna clase y su modelo político es una apuesta democrática, participativa y representativa, pues el tocona se ha montado ciegamente en un peladero.
Políticos y periodistas y periodistas políticos buscaron videos antiguos en donde se confesaba ateo para mostrarlo como un ambivalente perverso como si la mayoría de los seres humanos no hubieran puesto en duda en algún momento de su vida la existencia de Dios. Sin mucho ingenio se ha aferrado a una frase en la que De la Espriella dijo hiperbólicamente que destriparía a la izquierda para pintarlo como un carnicero con cuchillo en mano que le sacaría las tripas a los guerrilleros indefensos. Y en sus desaforadas pesquisas se han dado a la tarea de pasear por sendas cárceles en busca de delincuentes cazabeneficios dispuestos a dar rienda suelta a sus fantasías o resentimientos para mostrarlo como un ladrón que roba ladrones.
Esperan que se les aparezca La Virgen para que se produzca un milagro como que Alex Saab saque a relucir alguna prueba reina para demostrar que Abelardo era una especie de quintacolumnista del régimen de Nicolás Maduro, o algo por el estilo, para tratar de eliminar a De la espriella del mapa electoral. Buscaron al prisionero David Murcia, el estafador de DMG, para que dijera que le dijeron que le robo 5.000 millones y que le pidió dinero para sobornar parlamentarios, pero no aportan pruebas ni convencen sus acusaciones tardías con claro tufo de afectar su imagen en plena campaña electoral. Como si los norteamericanos no hubieran investigado hasta la saciedad el origen y el rumbo de los dineros de Murcia y como si ya la justicia colombiana no hubiera cerrado ese capítulo ridículo de que era para que no se legislara sobre camionados de plata.
Lo cierto es que El Tigre, como se ha dado en llamar el candidato outsider, tiene realmente asustados a los politiqueros del gobierno Petro que pensaron que al firmar contratos a tutiplén en vísperas de ley de garantías o aumentar irresponsablemente el salario mínimo con fines populistas y electoreros la tenían ganada, pero tiene además literalmente atortolados a delfines, exalcaldes, exministros y famosos que pensaban que por naturaleza e inercia merecían ser los elegidos para reemplazar al presidente Gustavo Petro. Todos ignoran que un mal gobierno deja huella en la gente y que una mala oposición decepciona y frustra a los electores. Por el contrario, De la Espriella ha sabido calar en la gente e interpretar el momento histórico porque se percibe como un paisano más, un poco corroncho, un poco mal hablado y un poco irreverente. No se guarda en composturas, no maquilla las cosas y de frente se opone a la agenda global del Socialismo del Siglo XXI. Para este proyecto sí que representa un verdadero peligro.
La gente lo que quiere es trabajar y triunfar y para el ciudadano de a pie Abelardo es un símbolo, casi que un ejemplo a seguir. No se muestra de abolengo ni perteneciente a castas de alta alcurnia. Es ambicioso y con ciertos gustos populares y hasta en ocasiones estrambóticos, como es el pueblo, pero para la gente normal eso no es un pecado. La gente de los estratos bajo y medio siente que a Abelardo le sucede como a todo aquel que han visto señalar como un levantado, que en realidad es más víctima de la envidia, lo cual le genera una neutralidad benévola, cierta curiosidad morbosa y en muchos casos admiración. Abelardo empatiza con la gente del común porque no rebusca las respuestas en las buenas maneras, es espontáneo y habla figurativamente con ejemplos básicos, dichos populares y expresiones mundanas. No se pone con rodeos para jugar a ser políticamente correcto y al contrario combate la pusilanimidad y la claudicación de quienes por pegar en la radio se ponen blandos con el crimen.
El hecho es que el santismo, quizás la corriente más elitista de la política cachaca, basada en el centralismo excluyente y el abandono a la provincia, cuyos candidatos son Roy Barreras, Juan Fernando Cristo y los exministros Juan Carlos Pinzón y Mauricio Cárdenas, quienes han hecho causa común con periodistas beneficiados con la mermelada en el gobierno del expresidente Juan Manuel Santos para acabar con la imagen de Abelardo de la Espriella. Saben a ciencia cierta que todo lo que se diga solamente tendrá efectos mediáticos porque muchas de las suspicacias y especulaciones que agitan ya hacen parte de lo que se conoce en derecho como cosa juzgada y en la que De la Espriella ha salido avanti. Con todo, los maldicientes de Abelardo no tienen otro camino que tratar de horadar su imagen porque de lejos es donde los dejó regados.
Pero saben políticos y periodistas santistas que una mentira mil veces repetida se puede volver una verdad en el hipotálamo colectivo y que la sentencia fascistoide de Calumniá, calumniá que de la calumnia algo queda, puede surtir su efecto en la manipulación de la opinión publica. El reto de Abelardo es pelearse ese espacio de la opinión ya que la credibilidad de la prensa enmermelada no logra siempre fundirse o confundirse con la opinión publicada. El desprestigio que pretenden endilgarle a Abelardo se hace desde el desprestigio de una clase política venida a menos y desde el desprestigio de una prensa que ha mostrado que se mueve más por intereses creados que por preocupación por los problemas de la población. La batalla de Abelardo se parece un poco a la de Rodolfo Hernández, que si no es por los 15 mil millones de Benedetti hubiera ganado las elecciones, contra dimes y diretes desde la prensa sesgada y los clubes bogotanos de la gente bien. Abelardo no tiene problema en que no lo quieran allí porque sabe que los ciudadanos de a pie no les comen cuento así los escuchen y los lean.