La confusión entre el abogado y sus clientes ha sido un tema recurrente cuando los oponentes o contradictores del candidato presidencial Abelardo De La Espriella quieren ponerlo en la lupa de la opinión pública. Sin embargo, el líder de Defensores de La Patria argumenta que esta equivocación surge de una profunda ignorancia histórica, “quien no conoce la historia, cree que el abogado es igual a los clientes”.
El ejercicio de la abogacía, según De La Espriella, es un pilar sagrado de la democracia, protegido por la Constitución y esencial para garantizar el debido proceso. Sin embargo, en un contexto donde la opinión pública se deja llevar por sensacionalismos mediáticos, es común que se juzgue al defensor por las acciones de sus representados.
Aberlardo quien lleva 22 años de práctica sin sanciones éticas afirma que su rol es representar al ser humano, no al delito. Él enfatiza que ha asumido casos que otros rechazan, poniéndole “la cara al proceso” y saliendo a los medios para asegurar juicios justos. Pero las críticas persisten e ignoran los aportes positivos de su labor. De la Espriella lamenta que “nadie reconoce que hice defensas que trajeron cambios importantes en la jurisprudencia colombiana”, como en los casos de Rosa Elvira Cely y Natalia Ponce de León, que derivaron en leyes contra el feminicidio y los ataques con ácido, respectivamente.
La historia muestra el rol de la abogacía
De La Espriella recurre a la historia para fundamentar su argumento, trazando una línea desde la antigüedad hasta el siglo XX. Abelardo quien elocuentemente en entrevista con Camilo Barberi, menciona a los logógrafos griegos, precursores de los abogados modernos, quienes defendían causas en los tribunales atenienses sin ser confundidos con los acusados; y a Cicerón, el célebre orador romano, cuyas defensas retóricas en casos controvertidos no lo convirtieron en cómplice de sus clientes, sino en un ícono de la elocuencia y la justicia.
Por ello, mencionar en Colombia a Jorge Eliécer Gaitán, quien defendió a un capitán por un delito de honor militar, creando una teoría de exclusión que lo llevó a la absolución; a nivel global a John Adams, quien defendió a marinos británicos en la masacre de Boston y luego fue presidente de Estados Unidos; Nelson Mandela, abogado defensor de derechos humanos que luchó contra el apartheid; es dar a conocer en la historia los abogados penalistas que se convirtieron en transformadores sociales. Jorge Eliécer es factible hubiera llegado a ser presidente de Colombia. Los otros, lo fueron en sus países. Y este es el camino al que le apuesta Abelardo De La Espriella.
La ignorancia politiza la justicia
Para el candidato es determinante hacer entender que “cuando un abogado asume un caso, no está defendiendo a un culpable; está defendiendo a un sindicado, en el mejor de los casos, porque no es culpable hasta que una sentencia judicial en firme, contra la cual no proceda ningún recurso, lo determine. Entonces, la idea de que defienden culpables queda por verse porque en el momento en que estás llevando el juicio todavía no hay fallo judicial”.
Lo anterior es la forma más racional de evidenciar que el abogado no defiende el delito sino al ser humano. Por ello, Abelardo afirma que “no solo defiendes a una persona que puede resultar culpable, sino también al inocente”. Para el candidato la fortaleza de una democracia es el respeto al debido proceso. Cuando un país no respeta el debido proceso, se está ante un totalitarismo, una dictadura. Así que “me duele profundamente que lo hayan usado como arma política para atacarme cuando siempre he actuado dentro del marco de la Constitución y la ley”.
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La frase de De La Espriella “creer que un abogado es lo mismo que sus clientes es un error enorme, tanto en lo positivo como en lo negativo” es un llamado a la reflexión. Lo cual se refuerza con la metáfora “juzgar al mensajero por el mensaje”. Su testimonio en el podcast ‘Yo, Camilo’ no solo defiende su integridad, sino que educa sobre el rol esencial de los abogados en una sociedad justa.
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